miércoles, junio 06, 2007

Quiero que seas como yo quiero que seas

Querer cambiar al otro. Un clásico. El mundo sería mejor si los demás cambiaran. ¿No es cierto? ¿Cuántas veces creo que mi vida va a cambiar en el momento en el que los demás modifiquen sus conductas? ¿Cuántas veces pretendo que mi jefe deje ser como es, que mi pareja comienza a comportarse de una manera diferente o que mi familiar sea más de “esto” o de “aquello”?

¿Y qué hay de mí? ¿En qué momento pienso en que quien debe modificar determinadas acciones soy yo? ¿En qué momento me doy cuenta que si algo o alguien me hace daño o me resulta tóxico en mi vida, el o la que debe hacer una acción para resolver este problema soy yo?

El mundo es como es. Los países son como son. Las personas actúan como pueden actuar. Y nosotros, como seres humanos, estamos inmersos en esta bola gigante que es la humanidad.

¿Esto significa que no puedo cambiar el mundo y que debo aguantarme todo tal y como es? En parte sí, en parte no. La verdad es que no puedes cambiar el mundo. Y la otra verdad es que sí puedes cambiar tú. Puedes hacer que tu entorno, tu vida, tu círculo sea mejor para ti, sea más sano, más productivo y nutritivo.

Imagina por un instante la cantidad de energía que necesitarías para cambiar a todas las personas con las que tienes contacto. Imagina todo el tiempo que requerirías para que el señor de la panadería te saludara como tú quieres que te salude, para que el fiscal de tránsito se comporte como tú quieres, para que tu compañero de trabajo no sea de esa manera que tanto te desagrada, para que tu jefe te diga lo que quieres escuchar, para que tu hermano se convierta en otra persona, tus padres dejen de actuar de esa forma tan irritante en la que suelen hacerlo y tu pareja se transforme en ese ser que deseas. Es mucho para una sola persona, ¿no te parece?

Ahora piensa en la cantidad de energía que necesitas para cambiar tú. Es menor que en el ejemplo anterior. Hay un principio terapéutico que indica que cuando una persona modifica su conducta, su entorno también lo hace. Si te paras en una esquina a ver la ciudad, observarás un determinado paisaje; si decides cambiar de lugar, verás cómo lo que tus ojos miran será diferente.

La invitación es, pues, a que te atrevas a cambiar. Que te dediques tiempo y energía, que mires a tu alrededor y logres ubicar esas cosas que no te gustan y decidas qué quieres hacer con ellas. Eres tú quien decide irse o quedarse de un determinado lugar, eres tú quien decide quedarse en una relación. Eres tú quien decide quedarse en un trabajo.

Mientras más te ocupes de tu desarrollo personal y de mejorar tu vida, verás cómo por un efecto casi mágico, tu alrededor también se modificará. Es como el efecto dominó, al empujar con el dedo la primera ficha, las demás caen una tras otra.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de abril de 2007.

jueves, mayo 31, 2007

Cuando hablo del otro, hablo de mí

¿Qué nos pasa que vivimos hablando de los demás todo el día? Que si la vecina hizo esto, que el señor del abasto hizo aquello, que el hijo de fulanita le contestó mal a su mamá, que el hermano de mi prima renunció al trabajo, que el padrino de mi tío le dijo que era un inconsciente… la lista es infinita.

Hablamos de los demás, calificamos, enjuiciamos, juzgamos, etiquetamos, opinamos. Somos como unos comentaristas deportivos, y en vez de hablar sobre el partido Caracas-Magallanes, hablamos del vecino y de lo que nos parece que hizo bien o hizo mal.

¿Qué pasa cuando hablamos del otro?

Cuando hablamos del otro, hablamos de nosotros mismos. De alguna manera, eso que veo en el otro es una parte mía.

En términos psicológicos, nos proyectamos en el afuera. Las otras personas funcionan como un gran espejo en el nos miramos constantemente. Si digo que mi vecino es un egoísta, probablemente el egoísta que soy o mi parte egoísta salen a flote. Aunque usted no lo crea.

Para la Terapia Gestáltica, la proyección es una forma que usamos los seres humanos para evitar el contacto con una persona o una situación determinada. Vemos en el otro lo que no quiero ver de mí y también miro en el otro lo que me gusta de mí.

Es una forma de evitar el contacto en la medida en la que dejo de estar conmigo, de sentirme, de mirarme, para colocar mi lupa en el afuera, en el otro.

Esto sucede, especialmente, cuando califico al otro. Sería interesante que te observaras y te fijes de qué manera colocas adjetivos a otras personas. Y que luego que lo hagas, ubiques esa característica en ti. Quizá te parezca complicado en un principio y sin embargo, si te animas a hacerlo, verás cómo eso que te molesta en el afuera, tiene algo que enseñarte o decirte de ti mismo. Si tal mujer te parece muy entrometida, por ejemplo, quizá tu parte entrometida te está indicando que necesita que la dejes salir y que te des el permiso de entrar en la vida de alguien.

Quizá lo más importante de mirar al otro no sea enjuiciarlo o calificarlo, quizá lo que otras personas tienen para enseñarnos es a vernos en ellas para conocernos mejor y así reconocer todas nuestras partes, tanto las que más nos gustan como las que no nos agradan tanto.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de junio de 2007.

jueves, mayo 24, 2007

Lo femenino y lo masculino

Todos los seres humanos, sin importar nuestra orientación sexual, estamos formados por energía masculina y energía femenina.

La energía masculina se vincula con la iniciativa, la búsqueda, la acción, la penetración, la dureza, el hacer, el pensamiento lógico y racional, la fuerza física.

La energía femenina está relacionada con la pasividad, la receptividad, la capacidad de espera, la flexibilidad, la ternura, la delicadeza, la blandura, el sentimiento, la contemplación, la sensibilidad, la capacidad de entrega.

Las mujeres, en teoría, tienen predominio de la energía femenina sobre la masculina. Los hombres, tienen predominio de la energía masculina sobre la femenina.

Hasta aquí todo bien. El problema se comienza a dar cuando estas energías se encuentran desequilibradas. Y entonces una mujer posee más energía masculina que femenina o cuando un hombre posee más energía femenina que masculina.

Vemos entonces mujeres muy activas, buscadoras, autosuficientes, duras. Y también vemos hombres con una energía femenina muy desarrollada que actúan con suavidad, y están muy conectados con sus emociones, por ejemplo.

La cosa se agrava cuando estos hombres y mujeres se encuentran, por decirlo de alguna manera, porque realmente no se encuentran, se tropiezan, chocan entre ellos y no logran entenderse.

Una pareja (de hombre y mujer) que se puede considerar sana o ideal, tiene las siguientes características: la mujer tiene más energía femenina que su pareja y menos energía masculina que su pareja. El hombre tiene más energía masculina que su pareja y menos energía femenina que su pareja.

No es una cuestión de proporción o de números. Realmente es más una cuestión de balance, de equilibrio, de respeto a lo natural.

Existe un trabajo terapéutico, desarrollado por el médico argentino Norberto Levy llamado “La Pareja Interior”, que explora la energía femenina y masculina los seres humanos. Así, se diagnostica cómo se encuentra la energía en cada persona y, por lo tanto, qué tipo de cambios puede hacer ésta para equilibrar sus energías y de esta manera mejorar su vida, tanto internamente, como sus relaciones con los demás.

Si te interesa tratar este tema o algún otro en particular, me puedes contactar a través del siguiente número de teléfono: 15-63649171 o a través del correo electrónico: raizaramirez@gmail.com

martes, mayo 22, 2007

Lo que tengo y lo que no tengo

¿Qué te hace feliz? ¿Te parece que la felicidad es un estado demasiado ideal para ser alcanzable?

Prueba hacer el siguiente ejercicio.

En primer lugar, haz una lista -mental o escrita- de cinco aspectos de tu vida que te llenan de satisfacción. Esta lista se va a llamar “LO QUE TENGO”, por lo que es importante que enumeres cosas materiales o no que se encuentran presente en tu vida en este momento. Por ejemplo, “soy feliz porque tengo trabajo”, “tengo salud y eso me hace sentir feliz”, “la presencia de mis amigos en mi vida me llena de alegría”.

Y mientras haces la lista, fíjate en lo siguiente: observa si te es fácil enumerar lo que te hace feliz o si por el contrario, te cuesta mucho trabajo. Igualmente, fíjate si a medida que ibas pensando en esto que te hace feliz, se te aparecía una vocecita interna que te saboteaba el inventario con frases como “¿Cómo eso te va a hacer feliz?”, “Serías más feliz si en vez de un trabajo, no tuvieras que trabajar…” Sólo observa cómo eres ante lo que tienes en tu vida y cómo valoras esto que está presente y es real en tu existencia.

Ahora, haz una segunda lista, esta vez con lo que crees que te hace falta para ser feliz. Esta lista estará conformada por cosas materiales, no materiales o aspectos personales que ahora no se encuentran presente en tu vida y se llamará “LO QUE NO TENGO”. Por ejemplo, “para ser feliz necesito tener una pareja”, “sólo seré feliz cuando tenga un hijo”, “si me aumentan el sueldo estaré mejor”.

Una vez que terminaste este listado, observa lo siguiente: ¿Qué fue más sencillo para ti? ¿Elaborar la lista de lo que tienes o la de las cosas que no tienes? Fíjate cómo vives tu vida en este momento, si estás esperando que llegue algo nuevo para ser feliz o estás aprovechando lo que sí tienes en este momento para disfrutarlo plenamente.

Cuando dejamos de vivir en el presente, dejamos de disfrutar lo que es real. Cuando dejamos de estar en el aquí y el ahora, nos vamos al futuro y desde allí nos imaginamos cómo sería la vida si tuviéramos lo que no tenemos en este momento.

¿De qué te sirve vivir en el futuro? ¿Cómo te ayuda imaginar que tu vida sería mejor cuando pase “X” o “Y” evento?

La invitación es para que te concentres en el ahora. En este momento. No hay nada más que el ahora. Y ahora, lo que tienes es lo que tienes.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com. O me puedes llamar al teléfono: 15-63649171

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de marzo de 2007.

miércoles, mayo 16, 2007

Esto ya lo había vivido

¿Cuántas veces hemos experimentado esa sensación de haber vivido una situación una y mil veces?

Nos conseguimos al mismo tipo de pareja, el mismo estilo de jefe, las suegras con las mismas características. ¿Casualidad? ¿Justicia divina? ¿Karma? ¿Todas las anteriores?

Bajo la mirada de la Gestalt, estas historias, en teoría repetidas, se ven como “situaciones inconclusas”.

¿Qué es eso?

El cuerpo humano, en su sabiduría innata, intenta cerrar o concluir aquellas situaciones que quedaron abiertas. Si hay un hecho que quedó abierto en mi vida, mi organismo en su búsqueda por concluir, encontrará situaciones semejantes en las que se pueda dar ese cierre que está necesitando. Por eso, nos encontramos a los mismos tipos de hombres, jefes, suegras o amigas. Es nuestro organismo que busca completar una situación.

¿Cómo se “soluciona” esto?

En primer lugar, como terapeuta, obviamente recomiendo ir a terapia. La ayuda de un especialista puede ser importante para algunos momentos de tu vida, especialmente aquellos en los que sientes que solo no puedes manejar la situación.

Lo que también puedes hacer es sentarte por un instante a reflexionar sobre eso que se repite en tu vida. Tómate tu tiempo y recuerda todas las veces que has vivido la misma historia. Fíjate, por un segundo, cómo actuaste cada vez. Si puedes escribirlo, mejor.

Haz un recorrido por lo que fuiste sintiendo en cada momento. Observa cuáles fueron tus reacciones. ¿Qué hiciste en cada oportunidad? ¿Lo hiciste siempre igual o alguna vez probaste una nueva manera de actuar? Nota cuáles fueron las consecuencias de esas acciones que tomaste. ¿Te sentiste satisfecho luego de haber tomado esa decisión?

Una vez que hayas hecho este paseo, fíjate qué aprendes de estas repeticiones e imagina una manera de hacerlo diferente.

No se trata de tener una vida perfecta. Mala noticia: no es posible. Se trata de tomar conciencia de lo que hacemos para que ciertas situaciones de nuestra vida, sucedan o no.

La próxima vez que observes que esta situación repetitiva aparece, fíjate si quieres hacerlo igual que la vez anterior o si quieres probar una nueva manera.

Cuando somos flexibles y capaces de adaptarnos a lo que hay, podemos ser más creativos en las respuestas que damos al mundo. Y en estas respuestas diferentes y nuevas, muchas veces se encuentra la salida al laberinto de las situaciones repetidas. Si buscas un nuevo camino, es muy probable que el paisaje que observes en esta ruta sea diferente la que solías ver anteriormente.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de marzo de 2007.

domingo, abril 29, 2007

Aquí y ahora

Pasado, presente y futuro. ¿Con cuál de estos tiempos verbales te sientes más identificado? En este momento, ¿a cuál de ellos le das más importancia en tu vida? ¿Estás anclado en el pasado? ¿Sólo piensas en el mañana? ¿Vives el ahora?

Para la terapia Gestalt no existe nada más que el ahora. Nuestra vida, como seres humanos, está centrada en el momento actual, en el segundo que estamos viviendo, porque no podemos cambiar el pasado y no sabemos aún cómo será el futuro.

Si eres una persona que vive en el pasado, probablemente ocupes tus pensamientos con recuerdos de lo que crees fueron tiempos mejores. A lo mejor tu mente se va a algún mal recuerdo que aún te perturba. Fíjate cuánto tiempo pasas hablando del pasado, cuánta energía entregas a estos momentos que ya pasaron y que no puedes modificar.

Si vives en el futuro, probablemente pases el día haciendo planes de lo que vas a hacer, de los proyectos que vas a comenzar. Posiblemente sueñes con tu vida de mañana o escribas esos guiones mentales fantásticos que te ayudarán a conseguir el trabajo ideal, el hombre perfecto o la vida que tanto esperas.

Y mientras tanto, ¿qué pasa con el presente? Si vives en el pasado, en el futuro o en una mezcla de ambos, ¿qué va pasando con el ahora? Quizá, por tener tu mente y tu corazón en otro lugar, te estés perdiendo de detalles, señales, eventos que sí están sucediendo ahora. ¿Lo habías pensado?

¿Qué significa vivir en el presente? Significa estar en el aquí y el ahora, sabiendo que el presente es el único tiempo que tengo y el único que realmente puedo modificar.

Ahora es cuando puedo movilizarme y hacer lo que quiero hacer para lograr mis metas. Ahora es cuando puedo llamar por teléfono a ese amigo que tanto extraño para decirle que lo valoro. Ahora es cuando puedo mirar a mi alrededor y disfrutar de un atardecer con todos mis sentidos. Ahora es cuando puedo, si lo decido, no preocuparme por el pasado ni angustiarme por el futuro, sino ocuparme del presente.

Pensando en esto, ¿qué tiempo escoges para vivir tu vida?

Si tienes alguna duda, comentario o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com. Con mucho gusto, te responderé.


Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de febrero de 2007.

viernes, febrero 02, 2007

¿Quién es UNO?

Si por un instante puedes fijarte en la manera en la que hablas, observa cuántas veces utilizas la palabra “uno” en tus oraciones para referirte a ti mismo.

“Es que a uno le da miedo”, “Es que a uno no le gusta que le digan lo que tiene que hacer”. “Cuando a uno le pasan ciertas cosas…” Ejemplos hay muchos y variados.

Y, ¿quién es uno?

Prueba, sólo por curiosidad, reemplazar la palabra UNO por MI. “Es que a mí me da miedo”, “Es que a mí no me gusta que me lo que tengo que hacer”. “Cuando a mí me pasan ciertas cosas…”

¿Notas algún cambio?

Quizá no basta con leerlo en silencio. Prueba decirlo en voz alta. Por ejemplo, en vez de decir “Uno se siente incómodo con esta situación”, trata de decirlo así: “Yo me siento incómodo con esta situación”.

La diferencia entre una manera y otra no es sólo la forma en la que se escribe. La cuestión radica en que cuando hablamos en primera persona (utilizando el YO), nos hacemos cargo de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones y de nuestras emociones.

Obsérvate. Trata de mirarte sin enjuiciarte, sin colocarte etiquetas o calificativos. Sólo fíjate cómo te refieres a ti mismo cuando hablas. Y date cuenta que si hablas de ti como “UNO” generas distancia entre lo que te pasa y tu persona. Cuando te haces cargo y comienzas a hablar en primera persona “YO”, la distancia se acorta y ahora, te apropias de tus sentimientos, tus emociones y tus sensaciones.

Sólo tú eres el dueño de lo que sientes. Tus emociones son tuyas y mientras más en contacto estés con ellas, mejor será el contacto que hagas con las personas que se encuentran a tu alrededor.

Poco a poco trata de hablar más en primera persona, apropiándote de lo que te corresponde. Aduéñate de tus emociones. ¡Son tuyas!

Si tienes alguna duda, comentario o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com. Con mucho gusto, te responderé.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

jueves, febrero 01, 2007

El vínculo terapéutico

Lo he vivido como paciente y ahora lo estoy viviendo como terapeuta. Ese hilo invisible que se arma entre el paciente y quien lo atiende es mágico y es lo que se llama el vínculo terapéutico.

No hay terapeutas perfectos o imperfectos, al menos desde mi perspectiva. No hay pacientes buenos o malos tampoco. Hay pacientes y hay terapeutas, simplemente.

No creo que haya tampoco una técnica mejor que otra, creo que las técnicas y las corrientes son todas útiles y que su utilidad depende mucho más de quien los usa que del uso en sí.

Con esto quiero decir que hay pacientes para todas las corrientes y los gustos. Habrá algunos a los que les siente mejor el psicoanálisis y su diván; habrá otros a los que el conductismo y lo cognitivo les vaya como anillo al dedo; habrá otros que buscan sus respuestas en las cartas del tarot. Y hay otros que acuden a un Gestaltista a ver qué es lo que les está pasando con sus vidas y cómo ésta puede mejorar.

Hay pacientes que llegan a consulta con un terapeuta gestáltico y no tienen la menor idea de lo que es la Gestalt. Y esto no sólo es válido, es simplemente perfecto. El paciente no tiene por qué conocer la técnica, es el terapeuta quien debe hacerlo. En días pasados un paciente me preguntó sobre el tipo de terapia que aplico y debo asumir que me fue difícil de contestar.

En pocas palabras traté de hacer una síntesis de lo que es esto que hicimos en terapia una hora antes. Al final le dije algo que me salió del corazón y en lo que creo profundamente: “Lo más importante es que te sientas bien en la terapia, sin importar el tipo de terapia que sea. El lugar en el que te sientas más cómodo, bien tratado y confiado, será tu lugar”. Creo en esta frase fervientemente. No es un slogan que uso para ganar clientes o para mercadearme. Es un pensamiento que tengo y mantengo.

Cuando un paciente llega por primera vez a la consulta suele llegar nervioso, pues adicionalmente a su “problema” o “situación conflictiva”, está un elemento adicional: le va a contar su vida a un extraño y no sabe qué va a pasar allí en ese espacio, en ese lugar, qué le va a decir esa persona, qué no le va a decir. Hay mucho de angustia y expectativa (catastrófica y/o anastrófica) en este primer encuentro.

Teóricamente, en el primer encuentro, se realiza lo que se llama el encuadre. En pocas palabras, significa, como su palabra lo indica, encuadrar al paciente sobre lo que será el trabajo. El encuadre puede hacerse vía telefónica o en persona. De cualquier manera, el terapeuta suele hacer algunas preguntas para sondear sobre la situación e indagar un poco cómo está el paciente. En este punto, se suele hablar también de los límites de la terapia y de cómo es la dinámica. De alguna manera, en el encuadre se plantean las “reglas del juego”.

Hace poco recibí la llamada de una persona que buscaba terapia para un problema puntual. Conversamos un rato y acordamos una cita. En una de sus frases, el paciente me decía algo así: “Necesito que me ayudes, yo confío en que cuando hable contigo voy a estar mejor y voy a poder tomar una decisión”.

Ante semejante declaración, lo único que atiné a decir con mi tono más suave de voz fue: “Quiero que sepas algo. Como terapeuta gestáltica, estoy para acompañarte en tu proceso, para apoyarte y estar a tu lado. No estoy para tomar tus decisiones, ni para darte consejos. En mi consultorio no vas a encontrar una pastilla que luego de que te la tomes, va a producir un resultado mágico. Tenemos que trabajar juntos y es un proceso de más de un encuentro”.

No sé si lo que hice fue correcto o incorrecto, sólo sé que funcionó. ¿Cómo lo sé? ¿Qué pasó allí? Pude poner límites claros entre mi responsabilidad y la suya, pues el paciente ya sabe que es él quien encontrará las respuestas a su situación y que no estoy allí para aconsejarlo sino para acompañarlo. Igualmente, le dejé claro que las respuestas no vendrán mágicamente en un encuentro, sino que se trata de un trabajo, en este caso de ambos.

Luego de haber superado el encuadre, comienza el trabajo. En el caso de la terapia gestalt, el ritmo y la intensidad de la sesión depende mucho del paciente, su energía y lo que traiga para trabajar. De alguna manera es él quien trae el plato a la mesa y entre los dos lo comemos. Algunos terapeutas señalan que en la primera cita no se suele invitar al paciente a realizar ningún trabajo demasiado intenso, pues esto, lejos de ayudarlo, puede asustarlo y hacerlo huir por la derecha. Igualmente, dicen que no todos los pacientes encaran de la misma manera un trabajo terapéutico; para algunos les resulta más fácil hacer una silla vacía, para otros les puede resultar difícil por no decir imposible. Allí, está también la forma en la que el terapeuta desee acompañar a su paciente y es decisión de cada quien.

Es en esta primera sesión cuando comienza a tejerse ese hilo invisible que une al paciente con su terapeuta. Se trata de brindar seguridad psicológica, se trata de empatía, de trata de acompasamiento, se trata de química, de trata de posibilidad, se trata de respeto, de amor, de paciencia, de presencia, de estar allí. Es como una coctelera en la que todos estos ingredientes están mezclados. No hay recetas perfectas, pues para cada quien será diferente la proporción.

Eso sí, la mezcla de estos elementos es lo que marca al vínculo terapéutico. Cuando están presentes estos elementos, se forma esta conexión y dependiendo de lo que necesita cada paciente, será más o menos fuerte. Cuando falta algo, de acuerdo a las percepciones y perspectiva de cada parte, el vínculo suele ser más débil y con más facilidad de romperse o de no mantenerse.

Como terapeuta, no creo que haya que luchar por mejorar o no este vínculo. Creo, gestálticamente, que lo que es, tiene que ser. De mi parte, doy lo mejor que tengo ante cada paciente. Estoy allí para él y lo acompaño con todos mis sentidos. Cuando estoy frente a un paciente no hay mundo, sólo estamos él y yo.

Y el vínculo que se arme entre mis pacientes y yo será el mejor que podamos armar ambos, según nuestras posibilidades y nuestros recursos.

¿Cómo saber si el vínculo se armó? No hay respuesta para esta pregunta. O quizá sí, lo sabes cuando tu paciente luego de la sesión y para despedirse de ti, te abraza y en ese contacto sientes agradecimiento y afecto. Allí, al menos yo, puedo saber que hay algo entre nosotros. Algo que valoro mucho y que cuido. Algo que tiene su espacio y su momento. Algo que respeto. Ese algo, se llama vínculo terapéutico.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

Qué es Bebé Gestalt

Mamá y Papá: el principio de todo.

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La vida viene de mamá y papá. Y yo, como hijo soy 50% mamá y 50% papá. Estoy conectado una suerte de “hilos invisibles” a ellos y a los que vinieron antes que ellos y que hicieron posible mi vida. A donde me mueva y vaya, los hilos van conmigo. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)

¿Neurótico yo?

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Fritz Perls, creador de la Terapia Gestáltica, escribió que todos los seres humanos somos neuróticos. Esta aseveración quizá puede resultar antipática para algunos, ¿cómo es posible esto? A continuación podrás leer algunas pistas que te ayudarán a saber si eres neurótico o no. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)

¿Llueve o hace sol?

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Si se pudiera hablar de un “ideal”, sería el siguiente: tener el paraguas a la mano, estar pendiente del tiempo y probar. A veces será el momento de abrirlo porque el cielo anuncia tormenta y otras veces de cerrarlo pues el sol está resplandeciente. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)

La pareja y el morral

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La empresa de un solo empleado

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Por muchos años esta mujer tuvo y mantuvo una empresa de múltiples empleados. Estaba tan atareada con sus ocupaciones que se olvidó de ella misma. A veces no se pagaba el sueldo, hubo años en los que no vio utilidades. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)