miércoles, febrero 25, 2009

Decir Adiós


Entre las normas básicas de educación está el saludar al llegar y despedirse antes de marcharse. Lo mismo aplica para la vida y nuestras relaciones.


Pareciera que es sencillo decir “HOLA” o saludarnos cuando recién comienza un vínculo. Entramos a una relación (del tipo que sea) con euforia, emoción, afecto, cosquillas en el estómago, alegría y quizá expectativas.
El tiempo pasa, y quizá este nexo se vence, caduca, termina. ¿Qué pasa luego? ¿Podemos decir adiós con la misma facilidad?

Para algunos, decir “CHAO” es una dificultad. Poner freno, detenerse, decir “ADIÓS” puede resultar complicado.

¿Es importante?
Respuesta: Sí. Y mucho.

Si no nos despedimos es como si no nos distanciáramos de la persona, como si nos quedáramos en ese vínculo eternamente, como si no quisiéramos salir de esa relación que por algún motivo ya no funciona.
De alguna manera, al no decir chao es como dejar una situación inconclusa, algo inacabado. ¿Las consecuencias? Es probable que intentemos repetir esta historia en nuevos encuentros, todo con tal de poder despedirnos adecuadamente.


¿Qué hacer?

Nos podemos despedir de diferentes maneras. La más directa es de frente. Con una conversación directa con la persona de la que nos queremos despedir. Manifestando lo que sentimos, lo que aprendimos de ese encuentro, lo que nos dejó esta relación.

Lo que pasa es que no siempre podemos tener un “cara a cara”. Y de todas maneras es posible despedirse.

Otra vía para hacerlo puede ser escribir una carta a la persona a la que necesitamos decir adiós, diciéndole todo lo que queremos y nos nazca. También se puede tener una conversación interna con ese ser, en la que sin pronunciar una palabra y desde el corazón decir lo necesario.

Maneras sobran y a cada quien se le puede ocurrir una diferente. Lo importante es escoger esa que realmente nos ayude a despedirnos desde adentro.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

jueves, febrero 19, 2009

El síndrome de Pinocho


“Si mientes te crecerá la nariz como a Pinocho”, le dicen las madres a los niños para evitar que éstos digan embustes. Todo un clásico entre padres e hijos. ¿Funciona el muñeco de madera para evitar que el pequeño invente o falsee una historia? Puede que sí, puede que no.

Las mentiras en el caso de los niños dependen en buena medida de dos aspectos:

1) En primer lugar, la congruencia de los padres o adultos que lo rodean en este tema. Si una madre le dice a su hijo que no mienta, y luego le inventa un cuento al esposo sobre por qué no pudo hacer determinada tarea pendiente, realmente ¿Qué le está enseñando al pequeño? Y ellos, los niños, saben mucho mejor que los adultos cuando alguien en sincero con ellos o no.

2) En segundo lugar, la tranquilidad y seguridad que experimente cada pequeño en su hogar o lugar donde pase más tiempo es fundamental. Cuando un infante se siente cómodo con los adultos que se encuentran a su alrededor y en el sitio que le resulta sano para su crecimiento, no tiene necesidad de inventar. De lo contrario, puede comenzar a alterar la realidad.

En este último punto es importante señalar que para un niño, cuando la realidad sea hace muy apabullante o difícil de manejar, entonces él la altera, la cambia de tal manera que le resulte manejable y agradable.

Las mentiras, en el caso de los pequeños, pueden esconder un miedo no dicho. Es por ello que es importante, más que reprimirlos o regañarlos por el embuste, averiguar qué hay detrás de esa mentira. Puede haber temor, inseguridad y angustia. Una vez que estos aspectos se minimizan, ya no hay necesidad de decir las cosas diferentes a como son en realidad.

Igualmente, las mentiras (tanto en niños como en adultos) pueden servir para complacer a otro, para ser aceptados y para pertenecer a un grupo. En este sentido, es importante la observación, tanto para el padre como para el niño sobre lo que digo, cómo lo digo y para qué lo digo.

Mentir puede ser una forma de encubrir, no sólo una realidad que no me gusta, sino una parte de mí que no quiero mostrar por temor a ser rechazado.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

martes, febrero 17, 2009

¿Con quién quieres bailar?

Una mujer de 25 años llega por primera vez al consultorio de un terapeuta. Luego de conocerse, la joven comienza a contarle al especialista diferentes aspectos de su vida: familia, trabajo, salud. Le explica que nueve meses atrás sufrió un accidente muy grave que casi le costó la vida. Pasó tiempo en cama reponiéndose. La chica se llena de orgullo al mostrarse sana, en perfectas condiciones, completamente recuperada.


Durante la hora de consulta, la paciente habla una y otra vez de su accidente, de lo que le sucedió, del período que pasó en cama, de sus metas y de cómo las alcanzó. A la vez asoma el miedo que le genera la sola idea de que algo parecido suceda nuevamente. En su discurso aparece este hecho una y otra vez, una y otra vez. Como si todavía estuviera presente.

Al terminar, la terapeuta le pregunta: 

- Ahora, ¿Estás sana?
- Sí, dice la mujer.
- En este momento, ¿Estás completamente recuperada? - insiste la especialista.
- Sí, 100%, replica la chica.

“Entonces, ¿Para qué sigues bailando con el accidente?”, pregunta la terapeuta. La paciente se queda en silencio.

Luego de unos segundos en blanco, la especialista le dijo: “Cuando llegas a una fiesta, tú decides con quién bailas. Puedes hacerlo con la más linda de la noche o con la más fea, incluso, puedes decidir no salir a la pista y solo observar. Así, más o menos, es la vida. Tienes opciones y tú escoges con cuál pasas el tiempo danzando; en este caso, con la salud o la enfermedad. ¿Con cuál quieres bailar ahora?”.

La chica no dijo mucho. Se despidieron afectuosamente y quedaron en mirarse de nuevo la siguiente semana.

Durante la existencia, las personas experimentan diferentes sensaciones, emociones, estados, momentos, sucesos; algunos mejores otros peores; algunos alegres, otros menos; hay de todo. La gran diferencia está en dar el paso, seguir hacia adelante, moverse, soltar el pasado y escoger con cuidado y amor a la pareja con la que bailaré un rato, ¿Cuál quiero para mí: la más fea o la más linda? Y seleccione la que seleccione, quedarme en la experiencia. Seguramente, el siguiente paso será más enriquecedor que el anterior.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares


lunes, febrero 16, 2009

Constelaciones Familiares: la tubería rota


La tubería rota:
¿Mía o de alguien más?

Al hablar de Constelaciones Familiares, me gusta comenzar diciendo que es un abordaje terapéutico.
Desde mi perspectiva, es como tomar una gran lupa y colocarla sobre el paciente para que éste pueda OBSERVAR su sistema familia (varias generaciones: sus padres, abuelos, bisabuelos y sus ancestros, así como su descendencia)
Al mirarlos, podrá comenzar a darse cuenta de las historias que se repiten, hecho éste explicado en el amor ciego que tenemos por nuestra familia y en nuestra necesidad de seguir perteneciendo a ella, nos cueste lo que nos cueste (incluso, a veces, a un precio muy alto para nosotros)
Al mirarlos, también podrá darse cuenta de los posibles EXCLUIDOS que hay en la familia y mirar si está ocupando el lugar que no le corresponde y está viviendo una historia que no le pertenece.
¿Qué pasa si una persona está viviendo una historia que no le pertenece?
Desde una perspectiva racional, parece extraño pensar que vivo un destino que no es el mío. Sin embargo, en ciertos momentos de tu existencia, puedes haber sentido que no entiendes la vida que llevas y que pareciera que no hay nada que puedas hacer para cambiarla.
Es por amor. Lo que nos mueve es el amor. El amor a nuestros padres, el amor por intentar cambiar una historia triste o trágica de nuestra familia, el amor por traer de vuelta a esa persona que no estuvo, que se fue o que murió trágicamente.
Lo paradójico es que vives tu destino y al mismo tiempo te encargas del de algún miembro de su familia. Y a veces la carga resulta muy pesada.
El ejemplo que se me ocurre para este caso es el siguiente: es como si una persona está dentro de un cuarto y se revienta una tubería, con su mano intenta taparla para que no se inunde esta habitación. A los minutos, se rompe otra, y con la otra mano, él o ella siguen evitando la posibilidad de que la habitación se llene de agua. Un tercer tubo se quiebra, ya no hay manos posibles, quizá un pie pueda evitar que todo se dañe.
Y así vive esta persona. Tratando de salvar a esta habitación que es su familia, aunque el precio sea estar incómodo, en una mala posición corporal, empapado, no poder movilizarse, o todas las anteriores.
Y todo el esfuerzo que hace y el precio que paga por este intento, es mucho para una sola persona. Y no hay forma de cambiar la historia. Cómo evitar que esa tubería se rompa. Puede ser muy arrogante pensar “yo puedo con todo”. O quizá puede ser una ilusión querer salvar esa historia que no tuvo salvación en el pasado.
¿La solución?
MIRAR. ¿Qué significa eso? Cuando el cliente puede observar su sistema familiar, algo cambia.
Siguiendo con el ejemplo de la habitación y las tuberías rotas, sería de la siguiente manera: La persona integra a su EXCLUIDO dentro de este cuarto y lo coloca en el lugar que le corresponde, apartándose el paciente de esta tubería que no le pertenece y que no es su responsabilidad. Y que con mucho amor ha cuidado para lo que cree es el beneficio de su sistema.
Con amor y respeto, honra a este miembro de la familia. Le reconoce su destino, lo mira, le dice que lo deja con su responsabilidad y que lo mire con cariño si él o ella lo logran hacer un poco diferente.
Por sobre todas las cosas, lo MIRA, lo HONRA, le da las gracias por estar en su sistema.
Y ahora, puede marcharse con tranquilidad y encargarse de su propio destino y su tubería, la que le corresponde. Ahora podrá ser un poco más libre y podrá ocuparse de su propia historia, con responsabilidad y acompañado por su familia: seguramente la mejor.
Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

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Para leer más sobre Constelaciones Familiares:
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Tu Constelación Familiar
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domingo, febrero 15, 2009

¿Aceptar las cosas como son?








Los hechos son como son. Si bien puedo cambiar ciertos aspectos de mi vida, hay otros que no tengo la capacidad de hacerlo. Si es de día en este momento, por más que desee que llegue la noche, no puedo hacerlo, está por encima de mis posibilidades humanas.

Esto también pasa con otros aspectos de mi existencia. La cuestión está en si acepto las cosas tal y como son o lucho con ellas con tal de transformarlas en algo diferente.

La aceptación no se trata de ser pasivo y no hacer nada. La aceptación tiene que ver con mirar los hechos y asentir ante ellos, conociendo y aceptando nuestras limitaciones. Y sacando el provecho a lo que sí tenemos, lo que sí hay y es nuestro.

Voy a poner un ejemplo. Una pareja llega al consultorio del terapeuta. El hombre le dice a la mujer que ya no la ama, que quiere separarse de la mejor manera de ella. La esposa no lo acepta, se sorprende y dice que ella desea salvar su matrimonio.

En este caso, pareciera que los hechos están claros y hablan por sí mismos. Una persona no ama a la otra y se lo dice. Y la pareja, no lo acepta, y sufre de una manera doble: por el desamor y por la lucha que intenta sostener para mantener en pie un matrimonio que parece haber terminado.

Si bien no hay caminos correctos o perfectos para recorrer las historias humanas, es también cierto que algunas rutas pueden ser menos dolorosas que otras. La cuestión está en cuál quiero seleccionar para mi vida.

Si me quedo en la lucha por cambiar mi vida y la existencia del otro, necesito mucha energía, no sólo la propia, sino la ajena. ¿Vale la pena? Si asiento y puedo mirar (incluso con dolor) la verdad que el otro me dice, ¿qué pasa conmigo? ¿No es más liviano mi caminar?

Está bueno observarme a mí y al otro. Ver qué tan objetivo estoy siendo en los diferentes casos. Puedo cambiar cualquier cosa, pero los hechos y las acciones son contundentes. Y aceptarlos significa crecer con ellos y no hacer más de lo que como ser humano puedo hacer. Ni más, ni menos. Sólo eso. Lo que es.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

 

jueves, febrero 12, 2009

La pareja y el carruaje

  

La pareja y el carruaje


Se me ocurre que una relación es como una carreta. Un carruaje que parte de un lugar e intenta llegar a otro. Un carruaje que tiene un cochero que la dirige y quizá unos pasajeros que disfrutan o no, del paseo.

Preguntas:
Si tu relación es un carruaje, ¿Sabes de dónde partió? ¿Sabes hacia dónde va? ¿Tiene un punto de llegada o una meta? ¿En qué parte del camino vas?
Si tu relación es un carruaje, ¿Qué rol juegas tú? ¿Eres el cochero o un pasajero? ¿Siempre juegas el mismo rol o lo alternas con tu pareja? ¿Te gusta el puesto que has ocupado en este viaje? ¿Lo cambiarías o lo dejarías igual? ¿Qué cambiarías?

Para reflexionar:
A veces estamos en una pareja y no sabemos para qué estamos en esa relación. Qué aspectos, además de la pasión, el amor y la compañía, nos llevan a estar con esta persona y a entregarnos a ella.
Es como si fuéramos en el carruaje sin saber qué hacemos allí ni para dónde vamos.
A veces podemos estar en una unión sin saber cuál es nuestra meta e incluso, cuál es el objetivo en conjunto (si es que lo hay). En la relación nos colocamos objetivos, tenemos un camino establecido (más allá de que esa ruta pueda variar en el tiempo)
Es como si fuéramos en el carruaje sin un mapa a bordo.
A veces estamos en una pareja en la que llevamos el peso de toda la unión. Tomamos decisiones, las ejecutamos, complacemos, hacemos, damos y poco pedimos. Cuánto tiempo puede sostenerse esta situación.
Es como si en el ejemplo de carruaje, jugáramos el rol del chofer de la carreta.
A veces estamos en una relación en la que solo somos espectadores. Nuestro consorte resuelve, dice, planea, hace, toma decisiones, sube, habla, nos da, nos da, nos da, nos da. Y poco recibe. Cuánto tiempo puede sostenerse esta situación.
Es como si en el carruaje, nos comportáramos como un pasajero más.
No hay un viaje perfecto. No hay un rol perfecto. Cada persona podrá escoger su carreta y el puesto que quiera ocupar en ella. Tomar conciencia de dónde estoy ahora me podrá ayudar a mirar a dónde quiero llegar y cómo quiero hacerlo.
Estar en pareja es un viaje. ¡Disfrútalo!
Si quieres concertar una cita o te interesa tratar algún tema en particular, me puedes contactar a través del siguiente número de teléfono: 15-63649171 o a través del correo electrónico: raizaramirez@gmail.com
Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

sábado, febrero 07, 2009

CUENTO: Los caprichos de Ma. V.


Los caprichos de Ma. V.

 

María Victoria Charusi de la Castaneda Blanco. ¿Es un nombre muy largo, verdad? Pues aunque parezca de mentira, es un nombre real.


Cuando conocí a Mª V. (para hacerlo más corto) tenía nueve años, estudiaba tercer grado y aunque no le gustaba mucho la escuela, asistía porque su papá era el dueño.


Vivía en una pequeña ciudad llamada Cantaclaro, que quedaba al lado de otra inmensa ciudad muy rica, grande y poderosa. Cantaclaro, a pesar de su tamaño, era una inmensa productora de carros, comida, ropa, muebles y muchas cosas más.


Pero volvamos a Mª V. Era una niña muy linda, aunque un poco floja. Prefería dormir a hacer sus deberes. O jugar antes que ayudar en su hogar. Tenía el cabello ondulado y largo de color marrón, que combinaba perfectamente con sus ojos del mismo color.

 

Era una chiquilla normal, pero como todo el mundo tenía un defecto: era muy caprichosa y siempre quería hacer lo que le diera la gana.

 

Su padre, el Sr. Charusi era un activo hombre de negocios, dueño de la mayoría de las fábricas de Cantaclaro. Era un hombre muy bueno y quería tanto a su hija, que la dejaba hacer y deshacer a su antojo. No le importaba, porque él tenía tanto dinero, pero tanto dinero, que creía podía complacer cualquiera de las peticiones de Mª V.

 

Al principio, la niña solo pedía cosas materiales: muñecas, ropa, zapatos, juguetes, peluches y todo aquello que por su mente pasara. Su padre, que no podía decirle que no y que no medía sus gastos con ella, abría su cartera y sacaba el dinero que hacía falta para complacer los gustos y caprichos de la pequeña.

 

Como ya ella sabía que su progenitor le daría lo que ella quisiera, optó por pedirle cosas cada vez más difíciles de conseguir y más costosas. Incluso, empezó a solicitarle algunas que no se compran con dinero.

 

Un día, muy temprano, le dijo a su padre que no quería ir al colegio.

 

-         Hija, ¿por qué no quieres ir al colegio? – dijo el Sr. Charusi.

-         Porque no – contestó ella despreocupadamente.

-         María Victoria no es bueno que faltes al colegio…

-         No quiero ir, dijo ella de manera decidida.

 

Como el Sr. Charusi no podía decirle que no a su hija, le dio permiso para no ir al colegio, pensó que por un día de clase que la niña perdiera, el mundo no se iba a acabar.

 

Luego de unos días, no conforme con no querer ir al colegio, Mª V. no deseaba que nadie fuera, deseaba que por un día se suspendieran las clases para todos.

 

Su padre, entre sorprendido e indeciso, cuestionó la razón de su capricho. Ella, contestó como siempre: simplemente lo deseaba. El padre, nuevamente la complació y mandó a suspender las clases por cualquier motivo o razón.

 

Y así, entre su negativa de ir a clases cada vez que le provocaba y la suspensión de clases cada vez que la niña quería, los niños de Cantaclaro comenzaron a olvidar lo que habían aprendido a lo largo del año escolar.

 

Pero los caprichos de Mª V. no quedaron allí. Un día le preguntó a su padre:

 

-         ¿Qué día es hoy?

-         Lunes – dijo él.

-         ¡Me gustaría tanto que mañana fuera domigo!, expresó la niña.

-         Pero eso es imposible María Victoria, dijo el padre con cara de asombro.

-         Para ti nada es imposible – respondió ella.

-         Pero, ¿cómo voy a cambiar un día de la semana por otro? No soy Dios…

-         Papá, todas las fábricas de esta ciudad son tuyas, puedes hacer que nadie trabaje mañana y así parecerá domingo. Además, puedes hacer que haya una hermosa feria como la de los domingos y así parecerá que es fin de semana – se le ocurrió a Mª V.

 

El padre de Mª V. no tuvo una respuesta inmediata, pero como no podía decirle que no a su hija, hizo lo que ella quiso. Y ese martes fue domingo.

 

En un primer momento, la gente saltó de la alegría al saber que no iban a trabajar y que tenían un día libre, pero a la vez se preguntaban qué día sería el siguiente: si lunes o miércoles.

 

Así pasó una y otra vez, cada vez que a Mª V. se le ocurría, le pedía a su papá que cambiara el día de la semana, o que cerrara el colegio, o cualquier cosa que por su mente pasara.

 

La confusión de la gente al no saber en qué día de la semana era, junto al olvido de los niños por no ir a la escuela y el de los trabajadores por no ir a las fábricas, convirtió a Cantaclaro en un pueblo pobre, triste y olvidado. Ya no era rico, alegre y poderoso, como solía ser.

 

Como las empresas trabajaban menos, producían mucho menos dinero, así que no había forma de pagar a los trabajadores y mucho menos obtener ganancias para la familia Charusi. El dinero del Sr. Charusi fue desapareciendo, porque todavía el padre de Mª V. no podía decirle que no a su hija.

 

Cuando se le terminaron sus ahorros, el Sr. Charusi tuvo que vender algunas de sus empresas a los señores de la gran cuidad vecina de Cantaclaro. Y a pesar de esto, el padre de Mª V. aún no le podía decir que no a su hija.

 

La gente comenzó a emigrar, buscando un mejor futuro para ellos y su familia. Algunas fábricas cerradas y la confusión seguían siendo las noticias de la ciudad. Las máquinas empezaron a oxidarse y los que quedaban en el pueblo, comenzaron a olvidarse de cómo hacer su trabajo y de lo que sabían. Los niños no fueron más a la escuela y así, pronto olvidaron cómo leer y escribir.

 

Mientras esto seguía pasando, Mª V. seguía en su cuarto, entre sus juguetes y sus caprichos, como si nada estuviera pasando, porque su padre no podía decirle que no.

 

El Sr. Charusi, luego de vender todas sus empresas, hipotecar la casa, vender lo que había dentro de ella, incluyendo su cama y gastar todo el dinero que tenía en sus cuentas, tuvo que decirle a su hija que también había que vender parte de sus cosas para poder comprar algo de comer.

 

Mª V. no entendía bien lo que pasaba, pero no hubo más remedio. Tuvo que deshacerse de todas sus cosas bonitas, sus juguetes, sus muñecas e incluso sus vestidos.

 

Los Charusi ya no eran ricos, ni Cantaclaro una ciudad con futuro. La familia tuvo que mudarse a la ciudad de al lado y empezar de nuevo.

 

El padre buscó trabajo como obrero en una fábrica de zapatos y ella, tuvo que empezar la escuela de nuevo. Mª V. también aprendió a hacer dulces criollos, para venderlos y así ayudar a su padre.

 

Con el tiempo, las cosas cambiaron y de esta manera fue como el Sr. Charusi aprendió a decirle que NO a su hija.

 

 

EPÍLOGO

¡Hola! Mi nombre es María Victoria. Les escribo esta carta porque quiero decirles algunas cosas.

Ustedes leyeron mi historia, ¿verdad? Bueno, de este cuento aprendí que no todo puede ser como yo quiero. Y a pesar de que pueda tener todo al alcance de mi mano, no quiero ni puedo pensar solo en mí. Aprendí a pensar en los demás también.

También me di cuenta que es importante valorar lo que tengo y trabajar para poder alcanzar las metas que deseo.

Espero que ustedes también hayan aprendido algo. ¡Chao!

María Victoria Charusi de la Castaneda Blanco


Autora del cuento: Raiza Ramìrez.
Este cuento fue escrito en septiembre de 1993.

miércoles, febrero 04, 2009

La importancia de los límites



La importancia de los límites 
Aquí empieza, allá termina



Suelen funcionar como una suerte de banda flexible que se estira y se encoge. Si no existieran, la vida sería caótica. Y usarlos en exceso, también podría resultar poco sano. La cuestión está en aprender cómo colocar límites para lograr un equilibrio.


El verdadero contacto sólo se da entre dos seresseparados. Esta en una frase famosa de la Psicoterapia Gestalt. La misma, alude a la necesidad de límites entre un ser y otro para que puedan encontrarse.

Si cada uno sabe quién es, hasta dónde llega y lo que necesita, entonces podrá vincularse con un otro. De lo contrario, lo que se produce no es un contacto sano, sino un “pasticho” en el que ninguno de los integrantes sabe quién es quién.

He allí la importancia primaria de los límites. Luego, en la cotidianidad, éstos son los que hacen entender a un grupo de personas lo que está bien o está mal, lo correcto o lo incorrecto, dónde comienza algo y en qué lugar termina.

A juicio de Daniel Sánchez, psicólogo clínico y psicoterapeuta, los límites funcionan como unas compuertas que se abren y se cierran en cualquier

 momento. “Ambos están intrínsicamente relacionados. Se pueden cerrar para defendernos, de un abuso tal vez o de malas creencias, y también se abren para querer”, indica el especialista.




En primera persona

Previo a colocar límites en el exterior, parece importante colocarlos internamente. Daniel Sánchez señala que las personas pueden ser autolimitantes, excediéndose en las barreras que se colocan; o extralimitantes, cuando no se colocan fronteras.

En este último ejemplo, explica el entrevistado que ir sin límites propios por la vida es como andar con un cometa deshaciéndose. “La persona puede ir a tal velocidad y con tan poco cuidado que va desprendiéndose y desgastándose, a veces sin conciencia de ello”, señala.

Escucharse y observarse parece ser crucial para poder saber lo que el individuo desea, necesita, requiere. Y a su vez, para hacer contacto con eso no que quiere.

Daniel Sánchez expone que todas las personas tienen un aspecto sabio en sus mentes que guarda relación con su intuición y sus sensaciones de fondo. El psicólogo consultado hace una analogía de este ejemplo con las personas que practican windsurf. “Si el viento fuera esta parte sabia que también está relacionada a nuestra naturaleza, y nosotros los que estamos sobre la tabla, es como su hay que ir escuchando y sintiendo, para poder hacerlos ajustes necesarios, de tal manera que podamos seguir fluyendo armoniosamente para navegar sin caernos al agua”, analiza.

Añade que si la persona no se escucha, es probable que coloque la vela en una dirección desfavorable. “A veces nos desconectamos para no sentir”, apunta Sánchez.

 


¡Hasta aquí!

Se tiene una idea preconcebida de que los límites resultan antipáticos o poco amorosos. Y no tiene por qué ser visto de esta manera. Colocarlos es sano. Y que el otro con el que hay un vínculo los ponga, también puede ser provechoso para la relación.

“Los límites son siempre un llamado a la relación. Pueden permitir llevar la unión a otro nivel de profundidad. De alguna manera nos obliga a atender al otro y a atenderme a mí”, explica el psicólogo consultado.

Añade Sánchez que pueden también ser vistos como un obstáculo. “Cuando te colocan un límite, de una manera te están diciendo necesito otra cosa, quiero más, quiero diferente, quiero menos”, apunta.

Es por ello que indica el entrevistado que cuando esto sucede, es importante hacerse preguntas sobre el tema: “¿Cómo me siento ante este hecho?”, “¿Qué es lo importante para mí?”, ¿Qué deseo, qué necesito?”, por ejemplo.

Cuando se coloca un límite, es muy válido que la otra parte de la vinculación haga una nueva oferta, entonces se puede entrar en una negociación y hacer los ajustes que se consideren necesarios para ambas partes.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

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