lunes, diciembre 10, 2007

Mis necesidades

Puedo olvidar al mundo y no a mí mismo. Puedo postergar a todos y no puedo hacer lo mismo conmigo. ¿Cómo me niego un vaso de agua si tengo sed o un plato de comida si tengo hambre?

Desde lo más básico, las personas no pueden obviar sus necesidades primarias. Ellas aparecen y resulta prioritario atenderlas. Al final, cuando ya está satisfecha, se cierra la situación y aparece una nueva que atender. Así funciona el organismo.

La cuestión es que este esquema no sólo funciona con lo primario. También aparece en el plano emocional. Cada persona tiene necesidades internas, diferentes y variadas, según sus propias experiencias, vivencias y procesos. Éstas, también deben ser satisfechas. Allí puede comenzar el verdadero problema.

¿Qué pasa si no logro satisfacer mis necesidades emocionales?
Me siento perdido, angustiado, insatisfecho, molesto incluso sin saber por qué razón. Y puedo sentir que tengo “algo” pendiente que no termina de concluir.

¿Qué pasa si no logro identificar lo que necesito?
Esto es más común de lo que puedes imaginar. Si no estoy al tanto de lo que necesito, puedo ir vamos buscando como ciego la salida del laberinto. Esto me puede llenar de frustración e incluso de desesperación.

¿Qué pasa si creo que necesito algo que no preciso realmente?
Es parecido a la siguiente imagen: vas buscando un plato de frutas cuando lo que requieres es un vaso de agua. Puedes encontrar diferentes tesoros pero ninguno te resultará satisfactorio.

¿Qué pasa en vez de ocuparme de mí me preocupo por satisfacer las necesidades del otro?
Si me postergo no podré cerrar mis ciclos y por lo tanto acumularé situaciones inconclusas. No puedo atender al otro si no me atiendo a mí.

Escucharme, observarme
La satisfacción comienza en el momento en que comenzamos a tener contacto con nosotros mismos y podemos identificar lo que necesitamos.
El siguiente paso es movilizar nuestros recursos para satisfacer este requerimiento (No busco ni manipulo para que otro lo haga por mí)
Luego, vendrá el cierre del ciclo y el chequeo de si es suficiente para mí de esta manera o si necesito algo más. Y el ciclo se reinicia nuevamente.

Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

martes, diciembre 04, 2007

Lo que necesito

Todos los seres humanos tienen necesidades. De diferentes tipos, tamaños, maneras, colores y sabores. Empezando por las más básicas como comer, dormir, ir al baño, pasando por las de ser reconocidos, queridos, admirados, entre otras.

Ahora bien, ¿Alguna vez te has detenido a pensar en ellas?

El organismo puede tener más de una necesidad, sin embargo, siempre habrá una que emerja como la más vital o importante, la que de alguna manera reclama ser satisfecha. Una vez atendida, se alcanza el bienestar o equilibrio y luego de esto, es posible pasar a atender un nuevo tema. Es un ciclo constante en la vida.

¿Qué pasa cuando no escuchas tus necesidades?
Si no las reconoces ni sabes cuáles son, es poco probable que puedas satisfacerlas, cerrar sanamente el ciclo y poder ocuparte de una nueva. Esto puede hacer que se vayan acumulando en tu vida, esperando ser resueltas.

¿Qué pasa cuando postergas tus necesidades?
Puede sucederte que, en vez de prestar atención a ti mismo y lo que te sucede, centres tu mirada hacia el otro (tu familia, tu pareja, tus amigos, tu jefe, por ejemplo) Entonces te resultará más sencillo creer saber lo que necesita el otro y quizá te cuesta hacer contacto con lo que te sucede a ti.
Quizá entonces decides ocuparte “luego” de ti mismo y comenzar a tomar acciones para que “el otro” esté satisfecho y contento. Eso pasa cuando por ejemplo, decides no pedirle algo a tu pareja (que necesitas), porque crees que aún no es tiempo para él o ella, o porque él o ella requieren algo diferente.

Si esto te sucede, quizá es tiempo de mirarte.

Te sugiero que te tomes unos minutos a solas. Toma una hoja de papel y un lápiz. Ahora, haz una lista de lo que necesitas en este momento, aquí y ahora. Date el permiso de colocar en este papel todo lo que pase por tu mente. Pueden ser cosas materiales, emocionales o espirituales.
Una vez que hagas la lista, léela y fíjate si lo que anotaste es realmente lo que requieres y si hay algo que no necesitas en el presente. ¿Es una lista de lo que necesitas o de lo que crees que necesitas? Haz los ajustes que creas convenientes.

Ahora, escoge una de tus necesidades, la que te parezca más importante en este momento de tu vida. Es el momento de ocuparte de ti y satisfacerla.

Si quieres concertar una cita o te interesa tratar algún tema en particular, me puedes contactar a través del siguiente número de teléfono: 15-63649171 o a través del correo electrónico: raizaramirez@gmail.com

Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

martes, noviembre 13, 2007

El vacío o no sé qué hacer

"En el vacío está todo"

¿Qué pasa cuando me doy cuenta de que lo que venía haciendo hasta ahora ya no me funciona y aún no sé cómo hacerlo diferente?

Aparece el vacío y generalmente una sensación de angustia. Es parecido a la siguiente imagen: una persona está en el medio del océano, muy lejos de la isla que dejó y a la que no desea volver, y aparentemente alejada de la nueva tierra o el sitio al que quiere llegar.

Si no tengo conciencia de lo que está sucediendo en mi vida, lo más probable es que repita una y otra vez las mismas "soluciones" ante los mismos problemas –porque es la manera en la que aprendí a "resolver" estas situaciones o mas bien, responder ante ellas-. Da igual si realmente soluciono o no el inconveniente.

Ahora bien, si esta forma comienza a generarme malestar o causarme daño, puedo decidir hacer algunos cambios en mi vida. En este viaje de transformación interna, comienzo a notar que este mecanismo de respuesta no me funciona o que caducó para mí. Es el momento de inventarme de nuevo y de buscar una nueva respuesta.

En este proceso, paso por un momento de vacío, silencio, hueco, oscuridad, angustia y algunos sinónimos más. Es justamente el momento en el que aún no sé cómo es esa nueva manera de atender mis asuntos.

¿Qué hacer? La respuesta es: nada.

Lo mejor que puedo hacer es quedarme en este vacío y confiar en mi cuerpo y en mis recursos. Mi organismo y su propia sabiduría encontrarán una respuesta nueva. Y sólo probando, podré saber si funciona o no para mí, y si este nuevo ajuste realmente me satisface o no.

Quedarme en la nada y en el silencio quizá pueda generar angustia, lo cierto es que es allí en este vacío donde se encuentra todo, donde comienza lo nuevo y donde puedo encontrar algo diferente para mi vida. Al final, como dicen los budistas "no se puede llenar una taza a menos que esté vacía".

Este principio aplica también a mi existencia. No puedo encontrar "lo nuevo" a menos que deseche "lo viejo" o lo que ya no me funciona.

Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

miércoles, septiembre 26, 2007

Prejuiciosos todos

Prejuicio es un juicio previo. Todos los seres humanos los tenemos y los usamos. La razón es simple, vivimos experiencias que “contaminan” o dictaminan cómo será en el futuro nuestra relación con ciertas situaciones o tipos de personas. Y si no las experimentamos, escuchamos de terceros cómo “son” las cosas y las creemos fielmente.

Por ejemplo, desde lo más básico. Si a una persona la mordió un perro y esto le generó dolor y problemas, es probable que luego tenga cierto recelo ante estos animales. Una experiencia puede condicionar un juicio.

Los prejuicios funcionan como grandes etiquetas: “Todos los hombres son mentirosos”, “Todas las mujeres sin interesadas”, “Las mujeres que usan escotes pronunciados son más fáciles que las que no lo hacen”, “Los hombres sólo quieren tener sexo con las mujeres”, entre otros. Estas frases quizá la has escuchado muchas veces, incluso pueden haber salido de tu boca alguna vez. ¿Son ciertas, falsas, son tuyas, son ajenas? ¿Para qué te sirven?

Lo sano de los prejuicios.

Es fundamental saber y asumir que existen, tanto en mi vida como en la del otro. Luego, es importante chequear nuestra idea preconcebida y mirar si realmente me pertenece a mí (por una experiencia previa) o es algo que cargo encima como parte de mi herencia social.
Un prejuicio nos puede servir, si lo sabemos utilizar, para cuidarnos, preservarnos y protegernos ante ciertas situaciones. Esto se hace, utilizando nuestra experiencia previa y aprovechándola para evitar eso que no es dañino y vivir lo que necesitamos.

Lo no sano de los prejuicios.

Algunas veces, estas etiquetas previas pueden alejarnos de las personas. Si de entrada nos acercamos al otro con nuestra maleta llena de prejuicios, lo más probable es que no logremos contactarnos genuinamente con el otro, pues en entre esa persona y yo, habrá una serie de etiquetas previas que no nos dejarán comunicarnos desde quien somos realmente.

Tómate un tiempo y revisa tu lista de prejuicios. Fíjate si te pertenecen a ti o son de alguien más. Y trata de vivir la experiencia de contactarte con el otro sin esta mochila de etiquetas. Notarás la diferencia.

Si quieres concertar una cita o te interesa tratar algún tema en particular, me puedes contactar a través del siguiente número de teléfono: 15-63649171 o a través del correo electrónico: raizaramirez@gmail.com

Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

miércoles, septiembre 05, 2007

Ser tú mismo

Es probable que hayas escuchado muchas veces decir lo siguiente: es necesario “ser uno mismo”, que lo más importante en la vida es ser auténtico, ser tú, no ser otro, ser quien eres y un largo número de frases que quieren decir más o menos lo mismo.

Ser tú mismo. ¿Qué significa esto?

Esta frase puede tener muchos significados. Puede mirarse desde diferentes ángulos, puede abordarse desde varias teorías, tendencias o formas. Al final, creo que llegamos al mismo punto: a la forma en la que te encuentras en el mundo y cómo vives en él.

¿Qué te gusta? ¿Qué te disgusta? ¿Con qué sueñas? ¿Qué deseas? ¿Haces lo que deseas o sientes que el otro es quien lleva el control de tu existencia? ¿Quién eres?

El camino de conocerse a sí mismo es profundo e infinito. Sin embargo, creo que este recorrido comienza desde lo más simple: desde el contacto con tu persona, con tu piel, con tu cuerpo, con el que eres hoy.

Te propongo hacer un ejercicio.

Para realizarlo necesitas 10 minutos, aproximadamente. Igualmente, te recomiendo que lo hagas a solas, en un momento de tranquilidad.

El espejo

Busca un espejo en tu casa, preferiblemente de cuerpo entero. Detente frente a él. Mírate. Desde arriba hacia abajo. Desde la cabeza hasta los pies. No te critiques, sólo obsérvate. Trata de que tus ojos se paseen lentamente por tu cuerpo.

Ahora, quédate un rato en tu cara. Observa tus ojos, tus facciones, tu nariz, tus mejillas, tu boca, tus orejas. Trata de fijarte en detalle en cómo es cada parte de tu cara. ¿Cómo son tus cejas? ¿Qué forma tienen? ¿Cómo son tus pestañas? Una vez más, no te critiques. Trata de convertir esa mirada en un toque amoroso.

Sigue así por todo tu cuerpo. Fíjate en tus brazos, tu pecho, tu espalda, tus hombros, tu abdomen, tus caderas, tus muslos y piernas, tus pies.

¿Cómo es para ti observarte? ¿Qué miras? ¿Te reconoces en ese espejo? ¿Desde hace cuánto no te encontrabas contigo? ¿Desde hace cuánto no te dedicabas unos minutos para ti, para mirarte?

Una vez que acabes la experiencia, puedes buscar una hoja de papel y describir cómo fue este momento para ti. Prueba escribirle una carta a la persona que viste en el espejo y cuéntale cómo fue encontrarte con él o con ella en este momento.

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Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

martes, agosto 28, 2007

Culpable soy yo

La culpa. Gran palabra. Fuerte. Relacionada con algo malo, mal hecho o incorrecto. Sentirse culpable, bien sea porque hay un dedo acusador frente a ti, como porque una voz interna te dice que “debes sentirte mal por haber hecho esto o haber dejado de hacer aquello” puede ser desagradable.

La culpa en sí misma no es resolutoria. ¿Qué ganas sintiéndote de esta manera? ¿Cambia algo en ti cuando experimentas esa sensación o se convierte en un peso en tu espalda?

En primer lugar, resulta importante diferenciar la culpa de la responsabilidad. Asumir “la culpa” de una situación no es necesariamente igual a hacerse responsable de ella.

Ser responsable tiene que ver con nuestra capacidad de responder ante un hecho determinado, es decir, asumir nuestra participación o hacernos cargo de lo que nos sucede en relación a un evento.

¿Qué hay detrás de la culpa?

De acuerdo a la Gestalt, detrás de la culpa hay resentimiento y detrás de éste, se esconde una exigencia. Al final, la fórmula lleva a pensar que tras el sentimiento de culpabilidad que puedes sentir, hay una demanda no realizada.

¿Cómo hago para que se vaya?

Cuando sientas culpa, prueba hacer lo siguiente. Concéntrate en la situación o persona del hecho en sí. Por ejemplo, “Me siento culpable por no haber acompañado a mi amiga Rosa al cine”.

Una vez hagas contacto con esta situación, prueba decirle la siguiente frase: “Yo resiento de ti…” (y completas la oración con aquello que te genera resentimiento por dentro) Siguiendo el ejemplo, la frase sería: “Rosa, resiento de ti que te molestes conmigo por no haber ido al cine contigo”.

El tercer paso es transformar ese resentimiento en una exigencia o demanda. Haz contacto con eso que necesitas recibir de esa persona. Y exprésalo de la siguiente manera: “Lo que necesito recibir de ti es…” (y completas la frase con tu demanda); también puedes probar con la siguiente frase: “Exijo que…” (y completas la oración como lo desees) Siguiendo el ejemplo: “Rosa, exijo que respetes mis tiempos”.

Una vez que hagas este ejercicio, fíjate si hubo un cambio en ti. Una vez que logras hacer contacto con lo que verdaderamente necesitas y te das el permiso de solicitarlo, la culpa se esfuma. La sustituyes por hacerte cargo (ser responsable) y un contacto directo.

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Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

miércoles, agosto 15, 2007

Lo que siento, digo y hago

Unos de los objetivos o premisas básicas de la terapia gestáltica es lograr la congruencia. ¿Qué significa esto? Que la persona o paciente, logre conectarse con sus sensaciones y sus necesidades, de tal manera que actúe en coherencia con lo que siente y piensa.

Puede sucederte que crees sentirte de una determinada manera, por ejemplo, molesto y cuando revisas a detalle en tus emociones internas y sientes tu cuerpo, te das cuenta que detrás de esa supuesta rabia, lo que hay es dolor. ¿Qué haces con esta sensación? ¿Cómo actúas? ¿Desde lo que piensas, sientes o de otra manera?

Un organismo sano es congruente. Cuando piensa que está alegre, siente alegría en su interior y lo manifiesta en actos igualmente alegres, bien sea una sonrisa, una risa o un abrazo, por ejemplo.

Un organismo neurótico no es congruente. Piensa que está de una manera, siente de una segunda forma (o puede no sentir) y actúa en una tercera vía que puede, o no, ser coherente con el pensamiento o el sentimiento.

¿Qué hacer con esta mezcla?

Tomar conciencia de la incongruencia en un buen primer paso. Puede ser difícil aceptar la idea de que estás siendo incongruente en algún aspecto de tu vida y la verdad, es que cuando aceptas que algo no anda bien, es cuando comienzas a trabajar para que esto mejore.

La observación también es muy importante. Escúchate. Mírate con ojos compasivos y chequea cómo son tus pensamientos. Pon la lupa dentro de ti e trata de identificar eso que sientes, sea lo que sea. Una vez que logras sintonizar estos dos aspectos (pensamientos y sentimientos), concéntrate en las acciones. ¿Cómo actúas? ¿Desde dónde? ¿Eres coherente con lo que sientes?

Eso sí, es importante tener cuidado entre lo que es tu necesidad y lo que te conviene. En determinadas situaciones, no podrás hacer lo que realmente quisieras. Por ejemplo, aunque tengas muchas ganas de gritarle a tu jefe, si lo haces puedes poner en riesgo tu trabajo. Es allí cuando, puedes tomar conciencia de lo que sientes y antepones lo que te conviene a tu necesidad. Quizá, luego a solas, en casa, puedes sacar esa molestia de tu cuerpo.

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Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

martes, julio 31, 2007

Huir por la derecha

¿Alguna te ha sucedido que estás en un lugar y de pronto, sientes una necesidad imperiosa de salir corriendo?

¿Has visto a algunas personas que en una situación de malestar, comienzas a decir chistes para “suavizar” la atmósfera?

¿Te ha pasado que le preguntas a alguien por su matrimonio y te responde sobre el clima, las lluvias y el calentamiento global?

Veamos en detalle.

Cuando no quieres vivir una emoción, sea cual sea ésta, huir por la derecha deja de ser una necesidad sana del organismo, para convertirse en una forma de evitar el contacto y en este caso, la emoción genuina.

Por ejemplo, si en vez que llorar por el dolor que te produce un evento triste, comienzas a decir chistes y a burlarte de la situación, lo más probable es que estés evitando ese dolor, en vez de meterte en él y atravesarlo hasta agotarlo. Si cuando alguien te pregunta por un hecho de tu vida y en vez de responder, te pones a hablar de otro tema que no tiene nada que ver, estás huyendo nuevamente.

Técnicamente y bajo la óptica de la Terapia Gestáltica, se llama deflexión y es un mecanismo que utilizamos casi todos los seres humanos. ¿Para qué? Pues justamente para evitar experimentar una emoción que nos resulta amenazante o muy avasallante.

Es como si ese sentimiento genuino fuese una ola de más de tres metros de alto y tú, mortal de menos de dos metros de altura, estás dentro del mar. Al ver esa ola gigante, tienes dos caminos: puedes nadar hacia ella y atravesarla, a pesar del temor que puede generarte; o puedes sumergirte en el agua y hacer que nada sucedió. ¿Cuál ruta escoges?

A veces huir por la derecha es la mejor manera que tienes para sortear una situación que te resulta amenazante o tóxica. Y es completamente válido. El problema se presenta cuando te conviertes en un experto en el arte de salir corriendo, evitando así hacer contacto con lo real. En el trayecto de la huida, te pierdes el sentir pleno y profundo.

Entonces, ¿Cómo quieres vivir? ¿Deseas existir en una eterna anestesia o quieres sentir? Te invito a que trates de sentir con todo tu cuerpo. Por más grande que parezca la ola, no vas a ahogarte.

Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

viernes, julio 20, 2007

Ir a terapia, ¿Para qué y para quién?

En países como Argentina, ir al terapeuta es casi tan común como ir a la peluquería. Las personas hablan de él o de ella como quien habla de un familiar. Sin vergüenza, se excusan de no poder ir al cine a es hora porque estarán en terapia.

En el caso de en Venezuela parece ser diferente. Son pocos los que admiten abiertamente delante de amigos o familiares que todas las semanas asisten a una cita privada para ver a un especialista. He escuchado con frecuencia la siguiente frase: “¿Para qué voy a ir a terapia? ¡Yo no estoy loco!”

¿Qué nos pasa con este tema? ¿Para quién está diseñada la terapia? ¿Para qué sirve?

Resulta obvio y quizá poco objetivo que como terapeuta, escriba que creo que todos los seres humanos necesitamos terapia. Sin embargo, realmente lo veo de esta manera.

Ahora bien. La terapia puede utilizarse en momentos de crisis. En esos instantes en los que la situación parece ser avasallante o cuando creemos que no podemos manejar estos hechos. Las historias pueden ser individuales, de pareja o de familia, el elemento común es que un hecho “detona” una situación que se convierte en difícil de manejar. Allí entra el terapeuta.

¿Qué hace un terapeuta?


Desde la perspectiva de la Terapia Gestáltica, el terapeuta tiene la tarea de “acompañar” al paciente en su proceso. Me gusta usar el ejemplo del especialista como un copiloto de un auto, en el que el cliente es el piloto y quien decide la ruta y la velocidad a seguir.

El terapeuta le muestra a este piloto, desde lo obvio y sin juicios de valor, lo que él no logra observar, bien sea porque está preocupado por el futuro o porque está angustiado por el pasado.

El especialista le enseña a su paciente que algunos esquemas antiguos ya no le funcionan y lo motiva a que busque una nueva respuesta que le sea beneficiosa y que lo ayude a satisfacer sus necesidades. Lo invita a que haga contacto y que perciba la velocidad a la que va y se dé cuenta si quiere ir a ese ritmo o no, según el momento.

Los pacientes van y vienen, como pueden y como mejor saben hacerlo. Y el trabajo del terapeuta está en estar allí, disponible para su cliente, con mucho amor y profundo respeto.

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Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

domingo, julio 15, 2007

El arte de comparar


“Esto es mejor que aquello”
“Me gusta más este helado que aquél”
“Fulanito es más simpático que menganito”
“Este viaje fue menos divertido que el anterior”

¿Para qué comparamos? ¿Qué nos pasa cuando colocamos dos personas, situaciones o cosas frente a nosotros y comenzamos a cotejarlas?

Basándonos en la idea de que no existe nada más que no sea el presente, no puede haber otra situación o persona en este momento que no sea la que se encuentra frente a mí en este instante.

En el momento en el que empiezo a comparar me voy del ahora, bien sea para el pasado o para el futuro. Si mi novio (del presente) es más divertido que mi ex novio (del pasado), cuando los pongo en una balanza, ¿Qué estoy haciendo? ¿Estoy con mi actualidad o me estoy yendo a otro tiempo?

Si el dolor que siento ahora es menos intenso que el que sentí hace una semana, ¿En qué sentimiento me encuentro? ¿En el de hoy o en el de hace unos días?

Entonces, ¿vivo en el presente o me marcho a otros tiempos?

Lo anterior corresponde a cómo puedo usar las comparaciones de manera neurótica. Y no es que sea bueno o malo, es simple: dejo de estar en el ahora y recreo una situación que no existe en la actualidad, bien sea porque ya pasó o porque aún no ha llegado.

¿Cómo usarla de manera sana?

Comparar también puede usarse para diferenciar. En este caso, tiene una función sana. A veces, podemos confundir dos situaciones o personas creyendo que se parecen y, por lo tanto, actuar ante ambas sin discernir cuál es cuál. En estos casos, colocar una frente a otra nos puede ayudar a mirarlas con detalle y comenzar a verlas de otra manera, especialmente cuando le asignamos a cada una sus propias características.

Por ejemplo, si dos personas se te parecen (física o internamente), puedes compararlas y buscar, tres aspectos que los diferencien a una de la otra. De esta manera, la próxima vez que mires a este ser humano, sabrás que se trata de él o de ella y no de otro individuo. Ante esta nueva perspectiva, podrás escoger cómo ser o qué actitud tomar hacia esta persona.

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Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

domingo, julio 08, 2007

El dolor del duelo

Durante los últimos días he pensado mucho en el tema del duelo. He recibido correos sobre este tópico, he tenido conversaciones con amigos que están atravesando momentos difíciles, he visto de cerca cómo el ser humano (y yo misma) me he enfrentado a esta situación de perder a una persona, relación o cosa.

En primer lugar, es importante aclarar que el duelo no sólo se vive cuando una persona cercana fallece o deja de estar a nuestro lado, por la razón que sea. El duelo también puede experimentarse al dejar un trabajo, al perder una casa, al alejarnos de algo que es muy preciado.

Lo segundo es que cada duelo es único. Y sin importar la razón del mismo, será del tamaño y de la importancia que cada persona le asigne según sus sentimientos.

Lo tercero, no hay tiempos estimados para superar un duelo. Cada persona, según su ritmo y proceso, irá experimentando las diferentes fases del duelo. Hace poco un amigo, en medio de su dolor inmenso por haber perdido a su padre, me preguntó: "¿Cuánto tiempo me va a durar esto?, ¿Cuándo lo voy a superar?". Con todo el afecto que le tengo, sólo pude decirle: "Va a durar lo que tenga que durar. No lo apures, no lo frenes, sólo vívelo como puedas".

Algunos psicólogos señalan que el duelo tiene fases o estadios. Las describen en el siguiente orden: el primer impacto, negación, dolor, rabia, asentamiento o reajuste, aceptación y paz. Los términos varían según los autores, sin embargo, en su mayoría coinciden.

Igualmente, estudiosos en el tema, indican que el duelo se vive con todo el cuerpo, desde adentro hacia afuera y viceversa. Cuando estamos pasando por un momento doloroso, pareciera que todo se tiñe con ese dolor.

Caminos y soluciones

En este sentido, creo que es fundamental buscar ayuda terapéutica. Un psicoterapeuta podrá acompañarte en tu duelo y brindarte herramientas para atravesarlo de la mejor manera posible, según tus características, recursos y posibilidades.

Ahora, me tomo la libertad de soltar algunas ideas sobre lo que puedes hacer al respecto. Quizá alguna te haga click y puedes probar alguna de ellas.

Vivir el dolor a pleno. El dolor, así como el amor y la alegría, es un sentimiento legítimo y genuino. Así que vivirlo, también lo es. Atravesarlo, experimentarlo es la mejor vía para agotarlo y poder pasar a una nueva situación. Bien dicen que "no se puede llenar una taza a menos que esté vacía".

Maneras de vivir el dolor. Hay diferentes técnicas que puedes experimentar para sacar el dolor de adentro.

Por ejemplo, puedes llorar en la ducha. Es una manera excelente de vivir el dolor en la intimidad. No hay juicios de nadie, no tienes que preocuparte si estás limpio o te ensucias. Simplemente te das el permiso y lloras con todas tus ganas (casi compitiendo con la ducha).

Otra forma puede ser escribirle una carta a la persona, situación o cosa. En esta carta le vas a expresar todo lo que sientes por dentro, lo que te pasa ahora que esa persona no está, lo que sientes por eso que ya no tienes. Trata de que los pensamientos racionales no empañen este escrito. Una vez que termines, puedes botarlo o quemarlo.

El momento de la rabia. En algún momento del duelo puedes sentir rabia o bronca. Exteriorizarla es importante. Ahora bien, lo más sano es sacarla hacia afuera sin hacerte daño a ti o a un tercero. Cuando estés a solas, puedes probar gritar desde lo más profundo de tu estómago, puedes comenzar con una letra "A", "O", y luego puedes ponerle palabras a ese grito, las que te nazcan y que estén relacionadas con el momento que vives.

Igualmente, puedes probar golpear. Hay varias maneras de hacerlo. Una es cerrando los puños y golpeando al aire, como si fueras un boxeador o como si estuvieras en una clase de taebo. La idea es que coloques en frente (de manera imaginaria) a la persona o situación por la que estás sintiendo esa rabia.

Otra manera es tomando una almohada y golpear con ella una pared. A medida que das los golpes, puedes probar decir una frase que te salga en ese momento.

Lo más importante de este tipo de sugerencias es que te preserves y que no te hagas daño físico. Tu persona y tu salud son primordiales.

En una fase posterior, cuando el dolor y la rabia se hayan agotado, es tiempo de reorganización. En este punto también puedes usar el recurso de la carta, esta vez, escribiéndole a la persona o a la situación sobre lo que aprendiste de él o de ella, los que recuerdas de él o de ella y lo que valoras de èl o de ella. Es una manera de rendir honor y darle su lugar en tu vida a esta persona o situación. Aunque en un primer momento parezca imposible, el organismo humano es tan sabio que buscará su equilibrio.

Superarlo sin culpa ni olvido

Hay personas que creen que si dejan de sentir dolor por la que persona que ya no está es porque dejaron de amarlo o porque lo olvidaron. Una vez agotado el dolor y la rabia, llega la paz y el equilibrio. Y eso no quiere decir olvidar o dejar de querer a lo que ya no está.

Por ejemplo, un padre no tiene sustituto y sentir paz no significa dejar de pensar en él, extrañarlo el día de su cumpleaños o amarlo co la misma intensidad que cuando estaba vivo. Es sólo dejar de sentir el dolor que empaña el amor y aceptar lo inevitable y lo que no podemos cambiar.

No creo que haya una conclusión posible ante este tema. Lo único que me atrevo a decir es que las despedidas son vitales, atravesar el dolor es crucial y aceptar lo inevitable es sano. Lo demás, depende de cada quien.

Si quieres hablar sobre algún tema en particular, hacerme un comentario o pedir una cita, estoy a la orden en el teléfono: 15-63649171 o al correo: raizaramirez@gmail.com

Autora del texto: Raiza Ramirez. Psicoterapeuta Gestalt y Periodista.

miércoles, julio 04, 2007

¿Qué es eso de la ANGUSTIA?

La angustia parece ser un mal común en estos tiempos. Nos puede atribular el costo de la vida, el país y sus problemas, la familia y sus inconvenientes, la pareja y sus detalles, los hijos y sus amigos. La lista puede ser eterna.

Esta sensación, generalmente es desagradable para quien la siente, no tiene parámetros de aparición: se hace presente y punto. Cuando llega genera malestar, sensación de ahogo y suelen aparecer también pensamientos negativos que pueden enraizar la angustia aun más en la persona, lo que la convierte en un círculo vicioso del que resulta, a veces, difícil salir.

Ahora bien, ¿De qué se trata esto? ¿Se puede evitar? ¿Cómo se cura?

En teoría, según Fritz Perls, padre de la terapia gestáltica, la angustia es la brecha que existe entre el presente y el futuro. Cuando una persona no está centrada en el presente, se angustia. Bien sea porque está anclada en el pasado o porque se adelanta hacia el futuro. Mientras tanto, se pierde su mundo actual, su realidad más obvia, lo presente, lo que es.

La salida a esta suerte de laberinto poco agradable puede ir por dos vías.

La primera, consiste en observarnos. Estar atento a cómo hacemos para adelantar la película de nuestra vida, cómo hacemos para aparecer de pronto dentro de unos días o meses, viviendo una situación que aún no se ha dado. Cuando nos pesquemos en esta “trampa”, podemos hacer una parada, respirar y abrir bien los ojos. Con los ojos bien abiertos, podremos mirar a detalle lo que sí hay a nuestro alrededor, lo que es real y traernos de regreso al aquí y al ahora.

La segunda vía tiene que ver con cambiar esa película negativa por una imagen positiva. Si nuestra mente puede crear un video de catástrofe, qué tal si hacemos lo contrario y creamos uno positivo con final feliz incluido. Haz el intento y quizá de esta manera puedas saber que si eres capaz de crear lo negativo, también puedes hacer lo contrario.

Empieza ahora mismo que estás leyendo estas letras. Mira a tu alrededor, quédate con lo que es real y fíjate qué pasa con la angustia cuando no existe nada más que el presente. Desaparece como por arte de magia, ¿verdad?

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, me puedes contactar a través del siguiente número de teléfono: 15-63649171 o por el correo electrónico raizaramirez@gmail.com

Lic. Raiza Ramírez
Terapeuta Gestáltica

martes, junio 26, 2007

¡Uy, qué miedo tengo!

El miedo tiene mala publicidad. Desde pequeños nos dicen que no debemos sentir miedo, que el miedo es para los cobardes, que los valientes no sienten miedo, que es sinónimo de debilidad.

¿Es realmente así? ¿Es tan malo? ¿Cómo lo erradicamos de nuestra vida?

Mala noticia. No hay forma de eliminarlo ni de vivir sin miedo. Lo que sí hay es forma de reconciliarnos con él y hacerlo parte de nuestra vida de una manera sana.

Según el médico argentino, Norberto Levy, autor del libro “La sabiduría de las emociones”, el miedo es un mecanismo de alarma que usamos los humanos ante una situación que nos resulta amenazante.

Cuando sentimos temor, normalmente es en un momento en el que pensamos que lo que va a suceder (que aún no ha sucedido) va a dañarnos, herirnos o perjudicarnos de alguna manera. Mirándolo objetivamente, no nos asustamos cuando vemos al perro, nos asustamos pensando que el perro puede mordernos y que eso nos causará dolor.

Entonces, lo primero es reubicar al miedo. Es decir, mirarlo como una señal de alarma que genera nuestro cuerpo y no como un problema en sí. Esto, en buena parte, podrá ayudarte a aceptarlo y a saberlo utilizar.

El mismo Doctor Levy indica en el libro nombrado anteriormente que es gracias al miedo que miramos a los lados antes de cruzar la calle y que si no tuviéramos miedo, nos pondríamos en riesgos físicos innecesarios.

¿Qué puedes hacer?

Puedes comenzar por aceptar que sientes miedo cuando así sea. Tener miedo no debe ser vergonzoso, pues es una emoción tan válida como las demás.

Una vez que asumas el temor, puedes chequear dos cosas: la primera, cuál es la amenaza que existe para ti, qué es lo que te imaginas que puede pasar. Y lo segundo, observar en lo real, en el presente, si esto realmente está sucediendo o si te estás anticipando. Luego de estos dos pasos, podrás tomar una decisión de lo que necesitas o deseas hacer en ese momento.

El verdadero problema del miedo no es su presencia, sino cómo actuamos cuando él aparece. Cuando nos quedamos paralizados ante él y le damos más fuerza de la que realmente tiene, allí quizás podamos tener un inconveniente, pues estamos dejando de estar en el presente (la alarma) y nos estamos yendo hacia el futuro (la amenaza que aún no sucede)

Autor del texto: Raiza Ramírez - Terapeuta Gestáltica y Periodista.

lunes, junio 18, 2007

Los “debo” que me tragué

¿Cuántas veces usas la palabra DEBO en tu vocabulario? ¿Cuántas veces dices la palabra TENGO dentro de una oración?

Fíjate en estas frases: “Debo ser educada”, “Tengo que ser responsable”, “Debo ser una buena madre”, “Tengo que ser una gran profesional”, entre otras.

¿A qué te suenan estas frases? ¿Te suenan a que las dice una persona con ganas de hacer algo o una persona que está de alguna manera obligada a hacer algo?

En rasgos generales, todos los seres humanos tenemos grabados en nuestra computadora mental algunos de estos mandatos, casi como si fueran leyes que no pueden ser violadas bajo ninguna circunstancia.

La cosa sucede más o menos así. Cuando niños, las personas que se encuentran a su alrededor, bien sea mamá, papá, hermano, tía o maestra, suelen soltar una de estas frases lapidarias: “Fulanito, debes que ser un niño XXX” o por ejemplo, “Debes ser un niño XXX, porque si no, nadie te va a querer” (aceptar, amar o cualquier sinónimo posible).

¿Qué pasa entonces? El niño, quien desea ser amado, aceptado y, por sobre todas las cosas, pertenecer al medio en el que se desenvuelve, comienza a tomar esta frase como un modo de vida. Graba en su pequeña computadora mental que ese “XXX” es en lo que necesita convertirse para ser amado. Con el tiempo, se le olvida preguntarse si ese “XXX” realmente es lo que lo hace feliz, lo que necesita o lo que desea ser o hacer.

¿Cuál es la solución?

Puedes comenzar con algo simple: cambiar el “debo” o el “tengo” por la palabra QUIERO. Repite la frase con esta palabra y mira cómo te resulta al escucharla. Observa si es realmente algo que deseas hacer o algo que te sientes obligado a llevar a cabo. Una vez que veas este detalle, puedes tomar una decisión en relación a tus actos.

Por otra parte, cuando te escuches decir un “debo” o un “tengo” en alguna expresión, tómate unos segundos en silencio. Cierra los ojos y fíjate si puedes darte cuenta quién te está diciendo esta frase y date el chance de preguntarte a ti mismo si realmente es esto que estás diciendo lo que deseas o si estás de alguna manera tratando de complacer a alguien a través de esta acción.

Parte del trabajo de crecer como personas tiene que ver con irnos alejando de los mandatos que no son nuestros para comenzar a hacer contacto con nuestras necesidades y movilizar nuestros recursos para satisfacerlas.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de mayo de 2007.

lunes, junio 11, 2007

¿Neurótico yo?

Fritz Perls, creador de la Terapia Gestáltica, escribió que todos los seres humanos somos neuróticos. Esta aseveración quizá puede resultar antipática para algunos, ¿cómo es posible esto?

A continuación podrás leer algunas pistas que te ayudarán a saber si eres neurótico o no.

¿Quieres hacer la prueba?

1. El neurótico vive cristalizado en el tiempo, inmerso en su rutina y no acepta cambios en ella. Lo que le sirvió en el pasado, lo utiliza en el presente sin mirar si ahora le funciona esta receta. Probablemente también lo use en el futuro.

2. El neurótico está en el pasado o en el futuro. Anclado en el ayer, con las emociones que sintió antes o angustiado por lo que está por venir. No vive el ahora.

3. El neurótico no asume la responsabilidad de sus actos. La culpa siempre suele ser de los demás. Suele decir “Tú me haces daño”, “Tú me haces sentir mal”. Critica a los demás y no es capaz de observarse a sí mismo.

4. Cuando a un neurótico le preguntan por sus emociones, contesta por el clima, los problemas del país o lo que pasó en la novela la noche anterior.

5. El neurótico no habla de sí. Se refiere a su persona como “UNO” en vez de usar “YO” o “A MÍ”.

6. No se fija en lo que realmente quiere o necesita su organismo. Predomina el “deber ser” en su lenguaje y se mueve según parámetros que no son propios, sino que fueron impuestos por alguien externo a él en el pasado. Dice “Debo ser simpático”, sin pensar si realmente eso es lo que quiere en ese momento.

7. No utiliza sus recursos para satisfacer sus necesidades. Se apoya en el ambiente para lograrlo. Intenta manipular a las personas con tal de lograr sus objetivos, de tal manera que sean los demás los que actúen, hagan o se movilicen.

8. Es incongruente. Piensa una cosa, siente otra y hace una tercera. Puede pensar que no le importa, sentir molestia y sonreír al mismo tiempo.

9. Tiene una gran imaginación. Se salta lo que es obvio e inventa una explicación de lo que ocurre a otra persona, sin chequear con ésta si esa película que le pasó por su mente es real o no.

Fíjate con cuáles y con cuántas de estas premisas te sientes identificado. Probablemente, puedas comprobar que Perls tiene razón y todos formamos parte de la neurosis.

¿Qué opinas?

miércoles, junio 06, 2007

Quiero que seas como yo quiero que seas

Querer cambiar al otro. Un clásico. El mundo sería mejor si los demás cambiaran. ¿No es cierto? ¿Cuántas veces creo que mi vida va a cambiar en el momento en el que los demás modifiquen sus conductas? ¿Cuántas veces pretendo que mi jefe deje ser como es, que mi pareja comienza a comportarse de una manera diferente o que mi familiar sea más de “esto” o de “aquello”?

¿Y qué hay de mí? ¿En qué momento pienso en que quien debe modificar determinadas acciones soy yo? ¿En qué momento me doy cuenta que si algo o alguien me hace daño o me resulta tóxico en mi vida, el o la que debe hacer una acción para resolver este problema soy yo?

El mundo es como es. Los países son como son. Las personas actúan como pueden actuar. Y nosotros, como seres humanos, estamos inmersos en esta bola gigante que es la humanidad.

¿Esto significa que no puedo cambiar el mundo y que debo aguantarme todo tal y como es? En parte sí, en parte no. La verdad es que no puedes cambiar el mundo. Y la otra verdad es que sí puedes cambiar tú. Puedes hacer que tu entorno, tu vida, tu círculo sea mejor para ti, sea más sano, más productivo y nutritivo.

Imagina por un instante la cantidad de energía que necesitarías para cambiar a todas las personas con las que tienes contacto. Imagina todo el tiempo que requerirías para que el señor de la panadería te saludara como tú quieres que te salude, para que el fiscal de tránsito se comporte como tú quieres, para que tu compañero de trabajo no sea de esa manera que tanto te desagrada, para que tu jefe te diga lo que quieres escuchar, para que tu hermano se convierta en otra persona, tus padres dejen de actuar de esa forma tan irritante en la que suelen hacerlo y tu pareja se transforme en ese ser que deseas. Es mucho para una sola persona, ¿no te parece?

Ahora piensa en la cantidad de energía que necesitas para cambiar tú. Es menor que en el ejemplo anterior. Hay un principio terapéutico que indica que cuando una persona modifica su conducta, su entorno también lo hace. Si te paras en una esquina a ver la ciudad, observarás un determinado paisaje; si decides cambiar de lugar, verás cómo lo que tus ojos miran será diferente.

La invitación es, pues, a que te atrevas a cambiar. Que te dediques tiempo y energía, que mires a tu alrededor y logres ubicar esas cosas que no te gustan y decidas qué quieres hacer con ellas. Eres tú quien decide irse o quedarse de un determinado lugar, eres tú quien decide quedarse en una relación. Eres tú quien decide quedarse en un trabajo.

Mientras más te ocupes de tu desarrollo personal y de mejorar tu vida, verás cómo por un efecto casi mágico, tu alrededor también se modificará. Es como el efecto dominó, al empujar con el dedo la primera ficha, las demás caen una tras otra.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de abril de 2007.

jueves, mayo 31, 2007

Cuando hablo del otro, hablo de mí

¿Qué nos pasa que vivimos hablando de los demás todo el día? Que si la vecina hizo esto, que el señor del abasto hizo aquello, que el hijo de fulanita le contestó mal a su mamá, que el hermano de mi prima renunció al trabajo, que el padrino de mi tío le dijo que era un inconsciente… la lista es infinita.

Hablamos de los demás, calificamos, enjuiciamos, juzgamos, etiquetamos, opinamos. Somos como unos comentaristas deportivos, y en vez de hablar sobre el partido Caracas-Magallanes, hablamos del vecino y de lo que nos parece que hizo bien o hizo mal.

¿Qué pasa cuando hablamos del otro?

Cuando hablamos del otro, hablamos de nosotros mismos. De alguna manera, eso que veo en el otro es una parte mía.

En términos psicológicos, nos proyectamos en el afuera. Las otras personas funcionan como un gran espejo en el nos miramos constantemente. Si digo que mi vecino es un egoísta, probablemente el egoísta que soy o mi parte egoísta salen a flote. Aunque usted no lo crea.

Para la Terapia Gestáltica, la proyección es una forma que usamos los seres humanos para evitar el contacto con una persona o una situación determinada. Vemos en el otro lo que no quiero ver de mí y también miro en el otro lo que me gusta de mí.

Es una forma de evitar el contacto en la medida en la que dejo de estar conmigo, de sentirme, de mirarme, para colocar mi lupa en el afuera, en el otro.

Esto sucede, especialmente, cuando califico al otro. Sería interesante que te observaras y te fijes de qué manera colocas adjetivos a otras personas. Y que luego que lo hagas, ubiques esa característica en ti. Quizá te parezca complicado en un principio y sin embargo, si te animas a hacerlo, verás cómo eso que te molesta en el afuera, tiene algo que enseñarte o decirte de ti mismo. Si tal mujer te parece muy entrometida, por ejemplo, quizá tu parte entrometida te está indicando que necesita que la dejes salir y que te des el permiso de entrar en la vida de alguien.

Quizá lo más importante de mirar al otro no sea enjuiciarlo o calificarlo, quizá lo que otras personas tienen para enseñarnos es a vernos en ellas para conocernos mejor y así reconocer todas nuestras partes, tanto las que más nos gustan como las que no nos agradan tanto.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de junio de 2007.

jueves, mayo 24, 2007

Lo femenino y lo masculino

Todos los seres humanos, sin importar nuestra orientación sexual, estamos formados por energía masculina y energía femenina.

La energía masculina se vincula con la iniciativa, la búsqueda, la acción, la penetración, la dureza, el hacer, el pensamiento lógico y racional, la fuerza física.

La energía femenina está relacionada con la pasividad, la receptividad, la capacidad de espera, la flexibilidad, la ternura, la delicadeza, la blandura, el sentimiento, la contemplación, la sensibilidad, la capacidad de entrega.

Las mujeres, en teoría, tienen predominio de la energía femenina sobre la masculina. Los hombres, tienen predominio de la energía masculina sobre la femenina.

Hasta aquí todo bien. El problema se comienza a dar cuando estas energías se encuentran desequilibradas. Y entonces una mujer posee más energía masculina que femenina o cuando un hombre posee más energía femenina que masculina.

Vemos entonces mujeres muy activas, buscadoras, autosuficientes, duras. Y también vemos hombres con una energía femenina muy desarrollada que actúan con suavidad, y están muy conectados con sus emociones, por ejemplo.

La cosa se agrava cuando estos hombres y mujeres se encuentran, por decirlo de alguna manera, porque realmente no se encuentran, se tropiezan, chocan entre ellos y no logran entenderse.

Una pareja (de hombre y mujer) que se puede considerar sana o ideal, tiene las siguientes características: la mujer tiene más energía femenina que su pareja y menos energía masculina que su pareja. El hombre tiene más energía masculina que su pareja y menos energía femenina que su pareja.

No es una cuestión de proporción o de números. Realmente es más una cuestión de balance, de equilibrio, de respeto a lo natural.

Existe un trabajo terapéutico, desarrollado por el médico argentino Norberto Levy llamado “La Pareja Interior”, que explora la energía femenina y masculina los seres humanos. Así, se diagnostica cómo se encuentra la energía en cada persona y, por lo tanto, qué tipo de cambios puede hacer ésta para equilibrar sus energías y de esta manera mejorar su vida, tanto internamente, como sus relaciones con los demás.

Si te interesa tratar este tema o algún otro en particular, me puedes contactar a través del siguiente número de teléfono: 15-63649171 o a través del correo electrónico: raizaramirez@gmail.com

martes, mayo 22, 2007

Lo que tengo y lo que no tengo

¿Qué te hace feliz? ¿Te parece que la felicidad es un estado demasiado ideal para ser alcanzable?

Prueba hacer el siguiente ejercicio.

En primer lugar, haz una lista -mental o escrita- de cinco aspectos de tu vida que te llenan de satisfacción. Esta lista se va a llamar “LO QUE TENGO”, por lo que es importante que enumeres cosas materiales o no que se encuentran presente en tu vida en este momento. Por ejemplo, “soy feliz porque tengo trabajo”, “tengo salud y eso me hace sentir feliz”, “la presencia de mis amigos en mi vida me llena de alegría”.

Y mientras haces la lista, fíjate en lo siguiente: observa si te es fácil enumerar lo que te hace feliz o si por el contrario, te cuesta mucho trabajo. Igualmente, fíjate si a medida que ibas pensando en esto que te hace feliz, se te aparecía una vocecita interna que te saboteaba el inventario con frases como “¿Cómo eso te va a hacer feliz?”, “Serías más feliz si en vez de un trabajo, no tuvieras que trabajar…” Sólo observa cómo eres ante lo que tienes en tu vida y cómo valoras esto que está presente y es real en tu existencia.

Ahora, haz una segunda lista, esta vez con lo que crees que te hace falta para ser feliz. Esta lista estará conformada por cosas materiales, no materiales o aspectos personales que ahora no se encuentran presente en tu vida y se llamará “LO QUE NO TENGO”. Por ejemplo, “para ser feliz necesito tener una pareja”, “sólo seré feliz cuando tenga un hijo”, “si me aumentan el sueldo estaré mejor”.

Una vez que terminaste este listado, observa lo siguiente: ¿Qué fue más sencillo para ti? ¿Elaborar la lista de lo que tienes o la de las cosas que no tienes? Fíjate cómo vives tu vida en este momento, si estás esperando que llegue algo nuevo para ser feliz o estás aprovechando lo que sí tienes en este momento para disfrutarlo plenamente.

Cuando dejamos de vivir en el presente, dejamos de disfrutar lo que es real. Cuando dejamos de estar en el aquí y el ahora, nos vamos al futuro y desde allí nos imaginamos cómo sería la vida si tuviéramos lo que no tenemos en este momento.

¿De qué te sirve vivir en el futuro? ¿Cómo te ayuda imaginar que tu vida sería mejor cuando pase “X” o “Y” evento?

La invitación es para que te concentres en el ahora. En este momento. No hay nada más que el ahora. Y ahora, lo que tienes es lo que tienes.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com. O me puedes llamar al teléfono: 15-63649171

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de marzo de 2007.

miércoles, mayo 16, 2007

Esto ya lo había vivido

¿Cuántas veces hemos experimentado esa sensación de haber vivido una situación una y mil veces?

Nos conseguimos al mismo tipo de pareja, el mismo estilo de jefe, las suegras con las mismas características. ¿Casualidad? ¿Justicia divina? ¿Karma? ¿Todas las anteriores?

Bajo la mirada de la Gestalt, estas historias, en teoría repetidas, se ven como “situaciones inconclusas”.

¿Qué es eso?

El cuerpo humano, en su sabiduría innata, intenta cerrar o concluir aquellas situaciones que quedaron abiertas. Si hay un hecho que quedó abierto en mi vida, mi organismo en su búsqueda por concluir, encontrará situaciones semejantes en las que se pueda dar ese cierre que está necesitando. Por eso, nos encontramos a los mismos tipos de hombres, jefes, suegras o amigas. Es nuestro organismo que busca completar una situación.

¿Cómo se “soluciona” esto?

En primer lugar, como terapeuta, obviamente recomiendo ir a terapia. La ayuda de un especialista puede ser importante para algunos momentos de tu vida, especialmente aquellos en los que sientes que solo no puedes manejar la situación.

Lo que también puedes hacer es sentarte por un instante a reflexionar sobre eso que se repite en tu vida. Tómate tu tiempo y recuerda todas las veces que has vivido la misma historia. Fíjate, por un segundo, cómo actuaste cada vez. Si puedes escribirlo, mejor.

Haz un recorrido por lo que fuiste sintiendo en cada momento. Observa cuáles fueron tus reacciones. ¿Qué hiciste en cada oportunidad? ¿Lo hiciste siempre igual o alguna vez probaste una nueva manera de actuar? Nota cuáles fueron las consecuencias de esas acciones que tomaste. ¿Te sentiste satisfecho luego de haber tomado esa decisión?

Una vez que hayas hecho este paseo, fíjate qué aprendes de estas repeticiones e imagina una manera de hacerlo diferente.

No se trata de tener una vida perfecta. Mala noticia: no es posible. Se trata de tomar conciencia de lo que hacemos para que ciertas situaciones de nuestra vida, sucedan o no.

La próxima vez que observes que esta situación repetitiva aparece, fíjate si quieres hacerlo igual que la vez anterior o si quieres probar una nueva manera.

Cuando somos flexibles y capaces de adaptarnos a lo que hay, podemos ser más creativos en las respuestas que damos al mundo. Y en estas respuestas diferentes y nuevas, muchas veces se encuentra la salida al laberinto de las situaciones repetidas. Si buscas un nuevo camino, es muy probable que el paisaje que observes en esta ruta sea diferente la que solías ver anteriormente.

Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.

Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de marzo de 2007.

domingo, abril 29, 2007

Aquí y ahora

Pasado, presente y futuro. ¿Con cuál de estos tiempos verbales te sientes más identificado? En este momento, ¿a cuál de ellos le das más importancia en tu vida? ¿Estás anclado en el pasado? ¿Sólo piensas en el mañana? ¿Vives el ahora?

Para la terapia Gestalt no existe nada más que el ahora. Nuestra vida, como seres humanos, está centrada en el momento actual, en el segundo que estamos viviendo, porque no podemos cambiar el pasado y no sabemos aún cómo será el futuro.

Si eres una persona que vive en el pasado, probablemente ocupes tus pensamientos con recuerdos de lo que crees fueron tiempos mejores. A lo mejor tu mente se va a algún mal recuerdo que aún te perturba. Fíjate cuánto tiempo pasas hablando del pasado, cuánta energía entregas a estos momentos que ya pasaron y que no puedes modificar.

Si vives en el futuro, probablemente pases el día haciendo planes de lo que vas a hacer, de los proyectos que vas a comenzar. Posiblemente sueñes con tu vida de mañana o escribas esos guiones mentales fantásticos que te ayudarán a conseguir el trabajo ideal, el hombre perfecto o la vida que tanto esperas.

Y mientras tanto, ¿qué pasa con el presente? Si vives en el pasado, en el futuro o en una mezcla de ambos, ¿qué va pasando con el ahora? Quizá, por tener tu mente y tu corazón en otro lugar, te estés perdiendo de detalles, señales, eventos que sí están sucediendo ahora. ¿Lo habías pensado?

¿Qué significa vivir en el presente? Significa estar en el aquí y el ahora, sabiendo que el presente es el único tiempo que tengo y el único que realmente puedo modificar.

Ahora es cuando puedo movilizarme y hacer lo que quiero hacer para lograr mis metas. Ahora es cuando puedo llamar por teléfono a ese amigo que tanto extraño para decirle que lo valoro. Ahora es cuando puedo mirar a mi alrededor y disfrutar de un atardecer con todos mis sentidos. Ahora es cuando puedo, si lo decido, no preocuparme por el pasado ni angustiarme por el futuro, sino ocuparme del presente.

Pensando en esto, ¿qué tiempo escoges para vivir tu vida?

Si tienes alguna duda, comentario o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com. Con mucho gusto, te responderé.


Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de febrero de 2007.

viernes, febrero 02, 2007

¿Quién es UNO?

Si por un instante puedes fijarte en la manera en la que hablas, observa cuántas veces utilizas la palabra “uno” en tus oraciones para referirte a ti mismo.

“Es que a uno le da miedo”, “Es que a uno no le gusta que le digan lo que tiene que hacer”. “Cuando a uno le pasan ciertas cosas…” Ejemplos hay muchos y variados.

Y, ¿quién es uno?

Prueba, sólo por curiosidad, reemplazar la palabra UNO por MI. “Es que a mí me da miedo”, “Es que a mí no me gusta que me lo que tengo que hacer”. “Cuando a mí me pasan ciertas cosas…”

¿Notas algún cambio?

Quizá no basta con leerlo en silencio. Prueba decirlo en voz alta. Por ejemplo, en vez de decir “Uno se siente incómodo con esta situación”, trata de decirlo así: “Yo me siento incómodo con esta situación”.

La diferencia entre una manera y otra no es sólo la forma en la que se escribe. La cuestión radica en que cuando hablamos en primera persona (utilizando el YO), nos hacemos cargo de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones y de nuestras emociones.

Obsérvate. Trata de mirarte sin enjuiciarte, sin colocarte etiquetas o calificativos. Sólo fíjate cómo te refieres a ti mismo cuando hablas. Y date cuenta que si hablas de ti como “UNO” generas distancia entre lo que te pasa y tu persona. Cuando te haces cargo y comienzas a hablar en primera persona “YO”, la distancia se acorta y ahora, te apropias de tus sentimientos, tus emociones y tus sensaciones.

Sólo tú eres el dueño de lo que sientes. Tus emociones son tuyas y mientras más en contacto estés con ellas, mejor será el contacto que hagas con las personas que se encuentran a tu alrededor.

Poco a poco trata de hablar más en primera persona, apropiándote de lo que te corresponde. Aduéñate de tus emociones. ¡Son tuyas!

Si tienes alguna duda, comentario o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com. Con mucho gusto, te responderé.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

jueves, febrero 01, 2007

El vínculo terapéutico

Lo he vivido como paciente y ahora lo estoy viviendo como terapeuta. Ese hilo invisible que se arma entre el paciente y quien lo atiende es mágico y es lo que se llama el vínculo terapéutico.

No hay terapeutas perfectos o imperfectos, al menos desde mi perspectiva. No hay pacientes buenos o malos tampoco. Hay pacientes y hay terapeutas, simplemente.

No creo que haya tampoco una técnica mejor que otra, creo que las técnicas y las corrientes son todas útiles y que su utilidad depende mucho más de quien los usa que del uso en sí.

Con esto quiero decir que hay pacientes para todas las corrientes y los gustos. Habrá algunos a los que les siente mejor el psicoanálisis y su diván; habrá otros a los que el conductismo y lo cognitivo les vaya como anillo al dedo; habrá otros que buscan sus respuestas en las cartas del tarot. Y hay otros que acuden a un Gestaltista a ver qué es lo que les está pasando con sus vidas y cómo ésta puede mejorar.

Hay pacientes que llegan a consulta con un terapeuta gestáltico y no tienen la menor idea de lo que es la Gestalt. Y esto no sólo es válido, es simplemente perfecto. El paciente no tiene por qué conocer la técnica, es el terapeuta quien debe hacerlo. En días pasados un paciente me preguntó sobre el tipo de terapia que aplico y debo asumir que me fue difícil de contestar.

En pocas palabras traté de hacer una síntesis de lo que es esto que hicimos en terapia una hora antes. Al final le dije algo que me salió del corazón y en lo que creo profundamente: “Lo más importante es que te sientas bien en la terapia, sin importar el tipo de terapia que sea. El lugar en el que te sientas más cómodo, bien tratado y confiado, será tu lugar”. Creo en esta frase fervientemente. No es un slogan que uso para ganar clientes o para mercadearme. Es un pensamiento que tengo y mantengo.

Cuando un paciente llega por primera vez a la consulta suele llegar nervioso, pues adicionalmente a su “problema” o “situación conflictiva”, está un elemento adicional: le va a contar su vida a un extraño y no sabe qué va a pasar allí en ese espacio, en ese lugar, qué le va a decir esa persona, qué no le va a decir. Hay mucho de angustia y expectativa (catastrófica y/o anastrófica) en este primer encuentro.

Teóricamente, en el primer encuentro, se realiza lo que se llama el encuadre. En pocas palabras, significa, como su palabra lo indica, encuadrar al paciente sobre lo que será el trabajo. El encuadre puede hacerse vía telefónica o en persona. De cualquier manera, el terapeuta suele hacer algunas preguntas para sondear sobre la situación e indagar un poco cómo está el paciente. En este punto, se suele hablar también de los límites de la terapia y de cómo es la dinámica. De alguna manera, en el encuadre se plantean las “reglas del juego”.

Hace poco recibí la llamada de una persona que buscaba terapia para un problema puntual. Conversamos un rato y acordamos una cita. En una de sus frases, el paciente me decía algo así: “Necesito que me ayudes, yo confío en que cuando hable contigo voy a estar mejor y voy a poder tomar una decisión”.

Ante semejante declaración, lo único que atiné a decir con mi tono más suave de voz fue: “Quiero que sepas algo. Como terapeuta gestáltica, estoy para acompañarte en tu proceso, para apoyarte y estar a tu lado. No estoy para tomar tus decisiones, ni para darte consejos. En mi consultorio no vas a encontrar una pastilla que luego de que te la tomes, va a producir un resultado mágico. Tenemos que trabajar juntos y es un proceso de más de un encuentro”.

No sé si lo que hice fue correcto o incorrecto, sólo sé que funcionó. ¿Cómo lo sé? ¿Qué pasó allí? Pude poner límites claros entre mi responsabilidad y la suya, pues el paciente ya sabe que es él quien encontrará las respuestas a su situación y que no estoy allí para aconsejarlo sino para acompañarlo. Igualmente, le dejé claro que las respuestas no vendrán mágicamente en un encuentro, sino que se trata de un trabajo, en este caso de ambos.

Luego de haber superado el encuadre, comienza el trabajo. En el caso de la terapia gestalt, el ritmo y la intensidad de la sesión depende mucho del paciente, su energía y lo que traiga para trabajar. De alguna manera es él quien trae el plato a la mesa y entre los dos lo comemos. Algunos terapeutas señalan que en la primera cita no se suele invitar al paciente a realizar ningún trabajo demasiado intenso, pues esto, lejos de ayudarlo, puede asustarlo y hacerlo huir por la derecha. Igualmente, dicen que no todos los pacientes encaran de la misma manera un trabajo terapéutico; para algunos les resulta más fácil hacer una silla vacía, para otros les puede resultar difícil por no decir imposible. Allí, está también la forma en la que el terapeuta desee acompañar a su paciente y es decisión de cada quien.

Es en esta primera sesión cuando comienza a tejerse ese hilo invisible que une al paciente con su terapeuta. Se trata de brindar seguridad psicológica, se trata de empatía, de trata de acompasamiento, se trata de química, de trata de posibilidad, se trata de respeto, de amor, de paciencia, de presencia, de estar allí. Es como una coctelera en la que todos estos ingredientes están mezclados. No hay recetas perfectas, pues para cada quien será diferente la proporción.

Eso sí, la mezcla de estos elementos es lo que marca al vínculo terapéutico. Cuando están presentes estos elementos, se forma esta conexión y dependiendo de lo que necesita cada paciente, será más o menos fuerte. Cuando falta algo, de acuerdo a las percepciones y perspectiva de cada parte, el vínculo suele ser más débil y con más facilidad de romperse o de no mantenerse.

Como terapeuta, no creo que haya que luchar por mejorar o no este vínculo. Creo, gestálticamente, que lo que es, tiene que ser. De mi parte, doy lo mejor que tengo ante cada paciente. Estoy allí para él y lo acompaño con todos mis sentidos. Cuando estoy frente a un paciente no hay mundo, sólo estamos él y yo.

Y el vínculo que se arme entre mis pacientes y yo será el mejor que podamos armar ambos, según nuestras posibilidades y nuestros recursos.

¿Cómo saber si el vínculo se armó? No hay respuesta para esta pregunta. O quizá sí, lo sabes cuando tu paciente luego de la sesión y para despedirse de ti, te abraza y en ese contacto sientes agradecimiento y afecto. Allí, al menos yo, puedo saber que hay algo entre nosotros. Algo que valoro mucho y que cuido. Algo que tiene su espacio y su momento. Algo que respeto. Ese algo, se llama vínculo terapéutico.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares

miércoles, enero 24, 2007

Actitud gestáltica

¿Cómo es un terapeuta gestáltico?

Para esta pregunta existen muchas respuestas posibles y a la vez ninguna.

En diferentes libros de Gestalt, los autores hablan de “acompañar” al paciente en su proceso, a su ritmo, a su tiempo y según sus posibilidades. Esto sería parecido a convertirse en el copiloto de un auto en el que nosotros como terapeutas no decidimos la velocidad, ni manejamos el vehículo y tampoco escogemos la ruta. Entonces ¿qué hacemos?

Siguiendo en este ejemplo del copiloto, sí podríamos mostrarle al piloto lo obvio, cosas que posiblemente él no observa, bien sea porque está preocupado por el futuro, porque está angustiado por el pasado, porque quisiera viajar acompañado en vez de hacerlo solo, porque no sabe cómo transitar en esa ruta, porque no sabe cómo detenerse, porque no sabe cómo contactarse con otros pilotos sin competir o hacerse daño, entre muchísimas posibilidades.

La cuestión no es saber por qué al piloto le sucede lo que le acontece. Allí no hay respuesta alguna. Quizá la cuestión sea estar con él e irle marcando la forma en la que habitualmente maneja ese vehículo que es su vida, de tal manera que el paciente se vaya dando cuenta de los esquemas viejos que ya no le sirven y los sustituya por otros, nuevos y diferentes para él.

Podemos ayudar a que perciba la velocidad a la que va y se dé cuenta si quiere ir a ese ritmo o más rápido, quizá más lento; quizá más rápido ahora y más lento luego, por ejemplo. O que se dé cuenta de que si no para nunca a descansar, lo más probable es que se agote y ya no quiera manejar más o que si no se detiene a hablar y a compartir con otros pilotos, no podrá contactarse con ellos.

Igualmente, nuestro trabajo terapéutico está en mostrarle que a veces lo que se imagina no es lo que realmente sucede. Quizá a veces el piloto escoge la Ruta B en vez de la Ruta A porque creyó ver animales en la A y pensó que era mejor evitarlos. Así que, desde el asiento de al lado, le decimos que pruebe y que se dé cuenta si lo que ve como una amenaza es real o se basa en un imaginario. Lo invitamos a que se contacte con sus emociones y con su cuerpo, mas que con su mente. Lo invitamos a que desde sus necesidades genuinas haga contacto con él mismo y con su ambiente.

¿Cómo lo hacemos? El cómo de nuestra labor está en la técnica. Técnicas que aprendemos en la escuela y sin recetario vamos dosificando delante de nuestro paciente, según su ritmo, su proceso, nuestro instinto, nuestro amor, nuestro respeto y nuestra actitud. Parece fácil de escribir y decir, sin embargo, esto tiene lo suyo y en sí es también un tema a tratar.

El instinto tiene que ver con la actitud. Y es lo que en definitiva, marca la diferencia en un trabajo o en otro. Y no se trata sólo de la actitud del terapeuta, también tiene que ver con la actitud del paciente.

Vayamos por partes. La actitud del terapeuta. Saber utilizar una silla vacía, una técnica expresiva o una supresiva no es la garantía del éxito de una terapia, incluso aún cuando ésta sea usada en un momento oportuno o de una manera correcta.

Como facilitadores podemos conocer que si movemos una palanca del auto de determinada manera, esto puede causar un efecto en el piloto o en el viaje que realiza. Ahora bien, si esto no viene acompañado de una presencia entera, de disposición para el otro, el efecto será menor o al menos diferente. He allí la distinción: la entrega, la confianza, el estar allí, conocer y aceptar mis límites, con conciencia de que este momento es único y la persona que tengo a mi lado también lo es, con la noción de que no soy “esto” o “aquello” y que vivo en una constante actualización de mí mismo. No puedo, como terapeuta, mostrarle al otro lo que yo no puedo ver en mi propio camino. No puedo llevar a un paciente a visitar la nieve si mi propio cuerpo aún no la ha conocido. No en vano dicen que el techo del paciente es el mismo que el del terapeuta.

Por ello es tan importante que el terapeuta haya realizado trabajo personal. El desarrollo de la actitud gestáltica tiene que ver con mi crecimiento, con mis propias experiencias, con pasar por mi cuerpo lo que invito al otro a experimentar, con haber limpiado mi casa para poder invitar al otro a que venga a visitarme.

Sobre la actitud del paciente. Él o ella vienen como vienen, como pueden, como saben. No hay más ni menos. El terapeuta propicia el contacto, consigo y con el ambiente, estimula la responsabilidad, lo invita a vivir nuevas experiencias fuera de la cristalización, lo aúpa a que sea auténtico y que se dé el permiso de escucharse, sentirse y ser congruente con él y con sus sensaciones. Está a su lado para contenerlo cuando hace falta y para frustrarlo si así se requiere.

El viaje que realizamos con el o los pacientes durará lo que tenga que durar. El tiempo depende de cómo se va avanzando en la carretera. Puede suceder que un paciente no esté preparado para seguir ahondando en su propio proceso, está en él y en sus propio ritmo, decidir cuándo estar y cuándo no. Es allí donde nuestra flexibilidad como copilotos juega un rol fundamental, por más que deseemos estar para el otro y por más bien intencionadas que sea nuestra actitud y disposición, el proceso es del otro, no nuestro. Y por lo tanto, es nuestro trabajo respetarlo y acompañarlo mientras él así lo desee.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares
Septiembre, 2006

lunes, enero 22, 2007

Oración gestáltica y oración neurótica

¿Encuentra alguna diferencia entre una y otra?

Oración Gestáltica (Fritz Perls)
Yo soy yo. Tú eres tú.
No estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.
Ni tú estás en este mundo para cumplir las mías.
Si en algún momento nos encontramos, será maravilloso.
Si no, no puede remediarse.

Oración Neurótica (antigestáltica)
No sé quién soy pero sí sé quién eres tú.
Estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.
Y quiero que tú hagas lo que yo quiero que hagas.
Haré todo lo posible para lograr nuestro encuentro.
Porque no me imagino la vida sin ti.

jueves, enero 18, 2007

¿Qué es eso de la Gestalt?

¿Qué es eso de la Gestalt?

Es una palabra alemana, en principio. Es una rama de la Psicología Humanista, en segundo lugar. Es una forma de terapia creada por Fritz Perls entre los años 50 y 60 del siglo XX. Es una forma de vida, al menos para mí.

¿Qué significa esto de vivir gestálticamente o eso de ser gestáltico? Muchos autores contemporáneos se han dado a la tarea de describir lo que esto significa. Me tomaré el atrevimiento de hacer mi propia versión de la Gestalt para contarla a quien lea estas líneas.

Gestalt es vivir en el ahora. En el presente. Sin cargar con el pasado que me pesa, me atormenta o me hizo feliz, simplemente porque ya pasó y no puedo cambiarlo. Y sin adelantarme al futuro que me angustia, me maravilla o me da miedo, porque aún no ha llegado este tiempo y no sé qué va a suceder. Así que cuando vivo gestálticamente, vivo en el presente, afino mis sentidos, los amplifico y estoy en el mundo con todo mi ser.

Gestalt es hablar en primera persona. Es dejar de responsabilizar al otro por lo que me sucede a mí. Es cambiar la frase “Tú me haces sentir triste” por “Yo me siento triste”, porque la tristeza y en general, todos los sentimientos que experimento son míos, no son del otro, no le pertenecen a nadie más. Mi vida es mía y yo soy responsable de ella, de generar cambios en lo que quiero modificar y de aceptar lo que no puedo cambiar.

Gestalt es dejar de ver en el otro lo que es mío o más bien, es apropiarme de lo que me pertenece. Es saber que me reflejo en el otro y que eso que veo en el que tengo en frente, es una de mis partes, sea una cualidad negativa o positiva. Y que cuando me apropio de estas características, me completo.

Gestalt es autoapoyarme, es saber que cuento conmigo y que no necesito al otro para ser feliz. Lo que no significa que soy autosuficiente. Mientras mejor pueda apoyarme sobre mis pies e manipule menos al ambiente y a las personas que se encuentran en el mundo, de mejor calidad serán mis relaciones y mi contacto con el otro. Apoyada en mí, podré generar contactos genuinos con el afuera, porque sé lo que puedo hacer, lo que valgo, sé que tengo limitaciones y me relaciono desde mi ser más auténtico.

Gestalt es saber que soy más que mente y cuerpo, soy un ser humano completo. Es reconocerme en cada uno de mis sentidos, de mis órganos. Saber que no es que tengo un corazón, sino que también soy ese corazón que late en mi pecho. Es saber que en mi cuerpo físico se aloja gran cantidad de información y que mi cuerpo, que también soy yo, me habla a cada instante.

Gestalt es evitar la palabra “pero” de mi vocabulario. Para Fritz Perls, la palabra pero entre dos oraciones, niega a la primera frase. Y la Gestalt es también integración, es decir, el complemento de las partes, por más opuestas que éstas sean. Haz una prueba y cambia el “pero” por un “y”, probablemente suene muy diferente. “Me gustó ir a la fiesta, pero yo quería irme temprano a mi casa”. Con la sustitución de palabras sería: “Me gustó ir a la fiesta y quería irme temprano a mi casa”. En la segunda opción ninguna oración niega a la otra, ambas existen y son verdaderas.

Gestalt es ser congruente conmigo. Es estar en contacto con mis sentimientos y actuar en línea con ellos. Si estoy triste, manifiesto mi tristeza; si siento rabia, la asumo y no la evado. Es saber que no hay aspectos buenos o malos y tanto aquello que acepto de mí, como esos aspectos que rechazo, son míos, me pertenecen y tienen algo aportar en mi vida.

Gestalt es cortar con las respuestas y actitudes cristalizadas. Romper con respuestas habituales que suelen generar las mismas situaciones. Es dejarme de colocar rótulos ante el “Yo soy esto o aquello”, al saber que puedo ser “esto” y también “aquello”; y que la selección la haré según el momento que vivo, la circunstancia y la sensación y sentimiento del instante. Es plantearme cómo puedo hacerlo diferente esta vez y arriesgarme a hacerlo.

Gestalt es saberme una persona en crecimiento, saberme un ser inacabado y no por ello incompleto. Gestalt es aprender algo de mí todos los días y a la vez aprender del otro, sin olvidarme de mí.

Gestalt es todo lo anterior y un poco más.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares
14 de noviembre de 2006

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