
Todas las personas tenemos una herida de abandono impresa en nuestro organismo. Bien sea porque mi mamá no estuvo presente en mi infancia, mi papá murió cuando yo era muy pequeña, mis padres tuvieron que irse de viaje y me dejaron con mis abuelos, crecí separada de mis hermanos, etc.
Esta es una herida, que si no se sana, late durante toda la existencia como si hubiera sucedido ayer. Y cuando aparece alguna amenaza de posible dolor, la cicatriz cobra vida y vuelve la sensación de malestar.
Ante la posibilidad del sufrimiento, y como el individuo no quiere pasar por la sensación triste otra vez, pueden haber tres salidas: huir, paralizarse o pelear.
Cuando huyo, generalmente la persona abandona antes de que lo abandonen. Hay una fantasía de que lo pueden dejar (esto aplica para el trabajo, relaciones, familia, pareja), entonces prefiere ser él quien deje el vínculo, pensando que así no sufrirá. Sin darse cuenta, que de la misma forma, se lo pasa mal. La herida sigue viva.
Si se paraliza, es como si quedara congelado. No sabe qué hacer. Escoge no hacer, creyendo que así estará a salvo. Y la herida sigue viva.
Cuando pelea, desde su dolor se enfrenta al otro. Vienen los conflictos, no sabe cómo o por qué e igualmente lo hace. Se enfrenta con su “oponente” desde su herida. Tratando de que el otro sienta al menos un poco de esa sensación que tiene en su cuerpo. ¿Y la herida? Sigue viva.
Para sanar la herida, hay que trabajarla, mirarla, reconocerla, asentir a ella, a la historia, al pasado, a lo que fue como fue, sin pretender cambiar nada. Solo así, mi encuentro con el mundo podrá ser un poquito diferente.

Autor del texto:
Lic. Raiza Ramírez
Psicoterapeuta Gestáltica y Terapeuta en Constelaciones Familiares