El miedo tiene mala publicidad. Desde pequeños nos dicen que no debemos sentir miedo, que el miedo es para los cobardes, que los valientes no sienten miedo, que es sinónimo de debilidad.
¿Es realmente así? ¿Es tan malo? ¿Cómo lo erradicamos de nuestra vida?
Mala noticia. No hay forma de eliminarlo ni de vivir sin miedo. Lo que sí hay es forma de reconciliarnos con él y hacerlo parte de nuestra vida de una manera sana.
Según el médico argentino, Norberto Levy, autor del libro “La sabiduría de las emociones”, el miedo es un mecanismo de alarma que usamos los humanos ante una situación que nos resulta amenazante.
Cuando sentimos temor, normalmente es en un momento en el que pensamos que lo que va a suceder (que aún no ha sucedido) va a dañarnos, herirnos o perjudicarnos de alguna manera. Mirándolo objetivamente, no nos asustamos cuando vemos al perro, nos asustamos pensando que el perro puede mordernos y que eso nos causará dolor.
Entonces, lo primero es reubicar al miedo. Es decir, mirarlo como una señal de alarma que genera nuestro cuerpo y no como un problema en sí. Esto, en buena parte, podrá ayudarte a aceptarlo y a saberlo utilizar.
El mismo Doctor Levy indica en el libro nombrado anteriormente que es gracias al miedo que miramos a los lados antes de cruzar la calle y que si no tuviéramos miedo, nos pondríamos en riesgos físicos innecesarios.
¿Qué puedes hacer?
Puedes comenzar por aceptar que sientes miedo cuando así sea. Tener miedo no debe ser vergonzoso, pues es una emoción tan válida como las demás.
Una vez que asumas el temor, puedes chequear dos cosas: la primera, cuál es la amenaza que existe para ti, qué es lo que te imaginas que puede pasar. Y lo segundo, observar en lo real, en el presente, si esto realmente está sucediendo o si te estás anticipando. Luego de estos dos pasos, podrás tomar una decisión de lo que necesitas o deseas hacer en ese momento.
El verdadero problema del miedo no es su presencia, sino cómo actuamos cuando él aparece. Cuando nos quedamos paralizados ante él y le damos más fuerza de la que realmente tiene, allí quizás podamos tener un inconveniente, pues estamos dejando de estar en el presente (la alarma) y nos estamos yendo hacia el futuro (la amenaza que aún no sucede)
Autor del texto: Raiza Ramírez - Terapeuta Gestáltica y Periodista.
Desde la ciudad de Buenos Aires (Argentina). Artículos, cuentos, ideas y más sobre Constelaciones Familiares, Gestalt y Crecimiento Personal.
martes, junio 26, 2007
¡Uy, qué miedo tengo!
lunes, junio 18, 2007
Los “debo” que me tragué
¿Cuántas veces usas la palabra DEBO en tu vocabulario? ¿Cuántas veces dices la palabra TENGO dentro de una oración?
Fíjate en estas frases: “Debo ser educada”, “Tengo que ser responsable”, “Debo ser una buena madre”, “Tengo que ser una gran profesional”, entre otras.
¿A qué te suenan estas frases? ¿Te suenan a que las dice una persona con ganas de hacer algo o una persona que está de alguna manera obligada a hacer algo?
En rasgos generales, todos los seres humanos tenemos grabados en nuestra computadora mental algunos de estos mandatos, casi como si fueran leyes que no pueden ser violadas bajo ninguna circunstancia.
La cosa sucede más o menos así. Cuando niños, las personas que se encuentran a su alrededor, bien sea mamá, papá, hermano, tía o maestra, suelen soltar una de estas frases lapidarias: “Fulanito, debes que ser un niño XXX” o por ejemplo, “Debes ser un niño XXX, porque si no, nadie te va a querer” (aceptar, amar o cualquier sinónimo posible).
¿Qué pasa entonces? El niño, quien desea ser amado, aceptado y, por sobre todas las cosas, pertenecer al medio en el que se desenvuelve, comienza a tomar esta frase como un modo de vida. Graba en su pequeña computadora mental que ese “XXX” es en lo que necesita convertirse para ser amado. Con el tiempo, se le olvida preguntarse si ese “XXX” realmente es lo que lo hace feliz, lo que necesita o lo que desea ser o hacer.
¿Cuál es la solución?
Puedes comenzar con algo simple: cambiar el “debo” o el “tengo” por la palabra QUIERO. Repite la frase con esta palabra y mira cómo te resulta al escucharla. Observa si es realmente algo que deseas hacer o algo que te sientes obligado a llevar a cabo. Una vez que veas este detalle, puedes tomar una decisión en relación a tus actos.
Por otra parte, cuando te escuches decir un “debo” o un “tengo” en alguna expresión, tómate unos segundos en silencio. Cierra los ojos y fíjate si puedes darte cuenta quién te está diciendo esta frase y date el chance de preguntarte a ti mismo si realmente es esto que estás diciendo lo que deseas o si estás de alguna manera tratando de complacer a alguien a través de esta acción.
Parte del trabajo de crecer como personas tiene que ver con irnos alejando de los mandatos que no son nuestros para comenzar a hacer contacto con nuestras necesidades y movilizar nuestros recursos para satisfacerlas.
Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.
Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de mayo de 2007.
Fíjate en estas frases: “Debo ser educada”, “Tengo que ser responsable”, “Debo ser una buena madre”, “Tengo que ser una gran profesional”, entre otras.
¿A qué te suenan estas frases? ¿Te suenan a que las dice una persona con ganas de hacer algo o una persona que está de alguna manera obligada a hacer algo?
En rasgos generales, todos los seres humanos tenemos grabados en nuestra computadora mental algunos de estos mandatos, casi como si fueran leyes que no pueden ser violadas bajo ninguna circunstancia.
La cosa sucede más o menos así. Cuando niños, las personas que se encuentran a su alrededor, bien sea mamá, papá, hermano, tía o maestra, suelen soltar una de estas frases lapidarias: “Fulanito, debes que ser un niño XXX” o por ejemplo, “Debes ser un niño XXX, porque si no, nadie te va a querer” (aceptar, amar o cualquier sinónimo posible).
¿Qué pasa entonces? El niño, quien desea ser amado, aceptado y, por sobre todas las cosas, pertenecer al medio en el que se desenvuelve, comienza a tomar esta frase como un modo de vida. Graba en su pequeña computadora mental que ese “XXX” es en lo que necesita convertirse para ser amado. Con el tiempo, se le olvida preguntarse si ese “XXX” realmente es lo que lo hace feliz, lo que necesita o lo que desea ser o hacer.
¿Cuál es la solución?
Puedes comenzar con algo simple: cambiar el “debo” o el “tengo” por la palabra QUIERO. Repite la frase con esta palabra y mira cómo te resulta al escucharla. Observa si es realmente algo que deseas hacer o algo que te sientes obligado a llevar a cabo. Una vez que veas este detalle, puedes tomar una decisión en relación a tus actos.
Por otra parte, cuando te escuches decir un “debo” o un “tengo” en alguna expresión, tómate unos segundos en silencio. Cierra los ojos y fíjate si puedes darte cuenta quién te está diciendo esta frase y date el chance de preguntarte a ti mismo si realmente es esto que estás diciendo lo que deseas o si estás de alguna manera tratando de complacer a alguien a través de esta acción.
Parte del trabajo de crecer como personas tiene que ver con irnos alejando de los mandatos que no son nuestros para comenzar a hacer contacto con nuestras necesidades y movilizar nuestros recursos para satisfacerlas.
Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.
Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de mayo de 2007.
lunes, junio 11, 2007
¿Neurótico yo?
Fritz Perls, creador de la Terapia Gestáltica, escribió que todos los seres humanos somos neuróticos. Esta aseveración quizá puede resultar antipática para algunos, ¿cómo es posible esto?
A continuación podrás leer algunas pistas que te ayudarán a saber si eres neurótico o no.
¿Quieres hacer la prueba?
1. El neurótico vive cristalizado en el tiempo, inmerso en su rutina y no acepta cambios en ella. Lo que le sirvió en el pasado, lo utiliza en el presente sin mirar si ahora le funciona esta receta. Probablemente también lo use en el futuro.
2. El neurótico está en el pasado o en el futuro. Anclado en el ayer, con las emociones que sintió antes o angustiado por lo que está por venir. No vive el ahora.
3. El neurótico no asume la responsabilidad de sus actos. La culpa siempre suele ser de los demás. Suele decir “Tú me haces daño”, “Tú me haces sentir mal”. Critica a los demás y no es capaz de observarse a sí mismo.
4. Cuando a un neurótico le preguntan por sus emociones, contesta por el clima, los problemas del país o lo que pasó en la novela la noche anterior.
5. El neurótico no habla de sí. Se refiere a su persona como “UNO” en vez de usar “YO” o “A MÍ”.
6. No se fija en lo que realmente quiere o necesita su organismo. Predomina el “deber ser” en su lenguaje y se mueve según parámetros que no son propios, sino que fueron impuestos por alguien externo a él en el pasado. Dice “Debo ser simpático”, sin pensar si realmente eso es lo que quiere en ese momento.
7. No utiliza sus recursos para satisfacer sus necesidades. Se apoya en el ambiente para lograrlo. Intenta manipular a las personas con tal de lograr sus objetivos, de tal manera que sean los demás los que actúen, hagan o se movilicen.
8. Es incongruente. Piensa una cosa, siente otra y hace una tercera. Puede pensar que no le importa, sentir molestia y sonreír al mismo tiempo.
9. Tiene una gran imaginación. Se salta lo que es obvio e inventa una explicación de lo que ocurre a otra persona, sin chequear con ésta si esa película que le pasó por su mente es real o no.
Fíjate con cuáles y con cuántas de estas premisas te sientes identificado. Probablemente, puedas comprobar que Perls tiene razón y todos formamos parte de la neurosis.
¿Qué opinas?
A continuación podrás leer algunas pistas que te ayudarán a saber si eres neurótico o no.
¿Quieres hacer la prueba?
1. El neurótico vive cristalizado en el tiempo, inmerso en su rutina y no acepta cambios en ella. Lo que le sirvió en el pasado, lo utiliza en el presente sin mirar si ahora le funciona esta receta. Probablemente también lo use en el futuro.
2. El neurótico está en el pasado o en el futuro. Anclado en el ayer, con las emociones que sintió antes o angustiado por lo que está por venir. No vive el ahora.
3. El neurótico no asume la responsabilidad de sus actos. La culpa siempre suele ser de los demás. Suele decir “Tú me haces daño”, “Tú me haces sentir mal”. Critica a los demás y no es capaz de observarse a sí mismo.
4. Cuando a un neurótico le preguntan por sus emociones, contesta por el clima, los problemas del país o lo que pasó en la novela la noche anterior.
5. El neurótico no habla de sí. Se refiere a su persona como “UNO” en vez de usar “YO” o “A MÍ”.
6. No se fija en lo que realmente quiere o necesita su organismo. Predomina el “deber ser” en su lenguaje y se mueve según parámetros que no son propios, sino que fueron impuestos por alguien externo a él en el pasado. Dice “Debo ser simpático”, sin pensar si realmente eso es lo que quiere en ese momento.
7. No utiliza sus recursos para satisfacer sus necesidades. Se apoya en el ambiente para lograrlo. Intenta manipular a las personas con tal de lograr sus objetivos, de tal manera que sean los demás los que actúen, hagan o se movilicen.
8. Es incongruente. Piensa una cosa, siente otra y hace una tercera. Puede pensar que no le importa, sentir molestia y sonreír al mismo tiempo.
9. Tiene una gran imaginación. Se salta lo que es obvio e inventa una explicación de lo que ocurre a otra persona, sin chequear con ésta si esa película que le pasó por su mente es real o no.
Fíjate con cuáles y con cuántas de estas premisas te sientes identificado. Probablemente, puedas comprobar que Perls tiene razón y todos formamos parte de la neurosis.
¿Qué opinas?
miércoles, junio 06, 2007
Quiero que seas como yo quiero que seas
Querer cambiar al otro. Un clásico. El mundo sería mejor si los demás cambiaran. ¿No es cierto? ¿Cuántas veces creo que mi vida va a cambiar en el momento en el que los demás modifiquen sus conductas? ¿Cuántas veces pretendo que mi jefe deje ser como es, que mi pareja comienza a comportarse de una manera diferente o que mi familiar sea más de “esto” o de “aquello”?
¿Y qué hay de mí? ¿En qué momento pienso en que quien debe modificar determinadas acciones soy yo? ¿En qué momento me doy cuenta que si algo o alguien me hace daño o me resulta tóxico en mi vida, el o la que debe hacer una acción para resolver este problema soy yo?
El mundo es como es. Los países son como son. Las personas actúan como pueden actuar. Y nosotros, como seres humanos, estamos inmersos en esta bola gigante que es la humanidad.
¿Esto significa que no puedo cambiar el mundo y que debo aguantarme todo tal y como es? En parte sí, en parte no. La verdad es que no puedes cambiar el mundo. Y la otra verdad es que sí puedes cambiar tú. Puedes hacer que tu entorno, tu vida, tu círculo sea mejor para ti, sea más sano, más productivo y nutritivo.
Imagina por un instante la cantidad de energía que necesitarías para cambiar a todas las personas con las que tienes contacto. Imagina todo el tiempo que requerirías para que el señor de la panadería te saludara como tú quieres que te salude, para que el fiscal de tránsito se comporte como tú quieres, para que tu compañero de trabajo no sea de esa manera que tanto te desagrada, para que tu jefe te diga lo que quieres escuchar, para que tu hermano se convierta en otra persona, tus padres dejen de actuar de esa forma tan irritante en la que suelen hacerlo y tu pareja se transforme en ese ser que deseas. Es mucho para una sola persona, ¿no te parece?
Ahora piensa en la cantidad de energía que necesitas para cambiar tú. Es menor que en el ejemplo anterior. Hay un principio terapéutico que indica que cuando una persona modifica su conducta, su entorno también lo hace. Si te paras en una esquina a ver la ciudad, observarás un determinado paisaje; si decides cambiar de lugar, verás cómo lo que tus ojos miran será diferente.
La invitación es, pues, a que te atrevas a cambiar. Que te dediques tiempo y energía, que mires a tu alrededor y logres ubicar esas cosas que no te gustan y decidas qué quieres hacer con ellas. Eres tú quien decide irse o quedarse de un determinado lugar, eres tú quien decide quedarse en una relación. Eres tú quien decide quedarse en un trabajo.
Mientras más te ocupes de tu desarrollo personal y de mejorar tu vida, verás cómo por un efecto casi mágico, tu alrededor también se modificará. Es como el efecto dominó, al empujar con el dedo la primera ficha, las demás caen una tras otra.
Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.
Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de abril de 2007.
¿Y qué hay de mí? ¿En qué momento pienso en que quien debe modificar determinadas acciones soy yo? ¿En qué momento me doy cuenta que si algo o alguien me hace daño o me resulta tóxico en mi vida, el o la que debe hacer una acción para resolver este problema soy yo?
El mundo es como es. Los países son como son. Las personas actúan como pueden actuar. Y nosotros, como seres humanos, estamos inmersos en esta bola gigante que es la humanidad.
¿Esto significa que no puedo cambiar el mundo y que debo aguantarme todo tal y como es? En parte sí, en parte no. La verdad es que no puedes cambiar el mundo. Y la otra verdad es que sí puedes cambiar tú. Puedes hacer que tu entorno, tu vida, tu círculo sea mejor para ti, sea más sano, más productivo y nutritivo.
Imagina por un instante la cantidad de energía que necesitarías para cambiar a todas las personas con las que tienes contacto. Imagina todo el tiempo que requerirías para que el señor de la panadería te saludara como tú quieres que te salude, para que el fiscal de tránsito se comporte como tú quieres, para que tu compañero de trabajo no sea de esa manera que tanto te desagrada, para que tu jefe te diga lo que quieres escuchar, para que tu hermano se convierta en otra persona, tus padres dejen de actuar de esa forma tan irritante en la que suelen hacerlo y tu pareja se transforme en ese ser que deseas. Es mucho para una sola persona, ¿no te parece?
Ahora piensa en la cantidad de energía que necesitas para cambiar tú. Es menor que en el ejemplo anterior. Hay un principio terapéutico que indica que cuando una persona modifica su conducta, su entorno también lo hace. Si te paras en una esquina a ver la ciudad, observarás un determinado paisaje; si decides cambiar de lugar, verás cómo lo que tus ojos miran será diferente.
La invitación es, pues, a que te atrevas a cambiar. Que te dediques tiempo y energía, que mires a tu alrededor y logres ubicar esas cosas que no te gustan y decidas qué quieres hacer con ellas. Eres tú quien decide irse o quedarse de un determinado lugar, eres tú quien decide quedarse en una relación. Eres tú quien decide quedarse en un trabajo.
Mientras más te ocupes de tu desarrollo personal y de mejorar tu vida, verás cómo por un efecto casi mágico, tu alrededor también se modificará. Es como el efecto dominó, al empujar con el dedo la primera ficha, las demás caen una tras otra.
Si tienes alguna duda o te interesa tratar algún tema en particular, escribe a la siguiente dirección de correo electrónico: raizaramirez@gmail.com.
Autor del texto: Raiza Ramírez.
Este artículo fue publicado en la columna "En primera persona", del semanario Correo del Ávila, de Caracas, Venezuela, durante el mes de abril de 2007.
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Mamá y Papá: el principio de todo.
¿Neurótico yo?

Fritz Perls, creador de la Terapia Gestáltica, escribió que todos los seres humanos somos neuróticos. Esta aseveración quizá puede resultar antipática para algunos, ¿cómo es posible esto? A continuación podrás leer algunas pistas que te ayudarán a saber si eres neurótico o no. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)
¿Llueve o hace sol?

Si se pudiera hablar de un “ideal”, sería el siguiente: tener el paraguas a la mano, estar pendiente del tiempo y probar. A veces será el momento de abrirlo porque el cielo anuncia tormenta y otras veces de cerrarlo pues el sol está resplandeciente. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)
La pareja y el morral

Una mujer, luego de pasar un tiempo sin pareja, conoce a dos hombres: A y B. El “A” parece tener todas las cualidades “buenas” que ellos “deben tener”: es soltero, tiene una buena posición económica, está disponible para ella, es cariñoso, de buena familia. El “B”, pareciera cargar una mochila más grande: tiene un hijo, una ex mujer y algunos problemas sin resolver. (Haz clic sobre la foto para leer el texto completo)
La empresa de un solo empleado
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